miércoles, mayo 09, 2007


ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 4 DE LA REVISTA IRREVERENTES

TEATRO LEÍDO Y FLOTAR EN EL TIEMPO

He tardado un día exactamente en leerme “Catalina del demonio” una obra de teatro escrita por el maestro Francisco Nieva. Empecé por la mañana en el metro, aquí en Madrid, y terminé por la tarde en casa. Según define el propio Nieva, esta obra de teatro es de farsa y calamidad, escapándose de las etiquetas clásicas y las clasificaciones, costumbrismo, realismo, tragedia, comedia, etc. Aunque estoy seguro de que cualquier estudioso de textos dramáticos, sabría encasillar esta obra. Leer teatro constituye una experiencia distinta a presenciarlo como espectador. Cuando leemos una obra de teatro, nuestra imaginación es la que tiene que poner los decorados, hacer las pausas, escuchar las músicas, los sonidos y hasta incluso los aplausos. Leer teatro es un sanísimo ejercicio mental que recomiendo a cualquiera que se atreva a disfrutar de ese placer. Cuando leemos teatro, desaparecen el director y los actores, y nos enfrentamos al texto desnudo, en el que tampoco están el escenario o el vestuario. En su meditación sobre el marco, observaba Ortega entonces que la función del marco es ostentar el cuadro, y su eficacia se cifra no en atraer la mirada sobre sí, sino en condensarla, en vertirla en el cuadro. Por lo tanto, cuando leemos teatro, en realidad lo que está ocurriendo es que el marco de la representación desaparece, quedando el texto desnudo ante nuestros ojos, conviritiéndose así en una experiencia nueva y distinta.
Una vez más, como en todos mis artículos, me encuentro de frente con la idea de la literatura como fuente de imaginación inagotable, porque si dos personas que presencian la misma obra en un mismo escenario, pueden tener interpretaciones totalmente distintas, imagínense si uno de ellos no va al teatro físico, y se limita a leer en su casa la obra impresa en un libro como el que tengo delante de mi, encima de mi mesa. Esto, créanme, hace soñar a cualquiera, y más si el libro, como el mío está firmado por el autor. Nada menos que Don Francisco Nieva que, sonriente a sus ochenta años, me escribe de su puño y letra: “a mi tocayo Francisco con un fuerte abrazo”. No me gusta presumir ya que es algo totalmente contrario a mi personalidad, pero sé que tengo en mis manos una joya. Don Francisco Nieva es un hombre de nuestro tiempo, de mi tiempo. Nada de un abuelete despistado o con una medio demencia. Olvídense de los tópicos que asociamos a su edad. Es una persona despierta y que demuestra en cada palabra que, de lo que anda muy sobrado o nada escaso es de inteligencia. Al leer teatro, la representación mental de la obra crece dentro de nosotros mismos y entonces, liberada de su marco, la obra se convierte en pura metáfora que, como la etimología de la palabra indica, es llevar más allá, pero mucho más allá de la realidad con la que está construída. En el teatro existe la posiblidad de incorporarse y adentrarse en los dominios de lo irreal. De hecho el carácter esencial del teatro, y vuelvo a citar a Ortega, es su poder de creación de irrealidad. Y es por ahí, por esa puerta de la irrealidad, por la única por la que los humanos podemos escapar de nuestra realidad circunstancial, en la que muchas veces estamos incómodos y nos oprime hasta faltarnos el aire.

Acudí a la presentación del libro el día 21 de marzo de 2007, y gracias a que incomprensiblemente, apenas acudió nadie, tuve la inmensa suerte de que después se decidiera el tomar un cafetito con Don Francisco. Llegamos a un café cercano al lugar de la presentación, y nos sentamos en una mesa. Enfrente de mi se sentaron Miguel Angel de Rus y Francisco Nieva. Y una vez servidos los cafés comenzó el espectáculo. Un mano a mano entre estas dos personas; seres especiales de los de verdad. El uno director de una editorial; “Irreverentes” que publica libros como el de Nieva de una inmensa calidad indiscutible, y el otro, Francisco Nieva, académico de la lengua, los dos allí sentados frente a mi. Y empezaron a hablar de literatura, de libros. Lamenté enormemente el no haber traído conmigo un cuaderno, libreta, folio o cuartilla, para poder tomar notas de lo que allí se escuchaba. Le dieron un repaso entre los dos a la literatura del siglo XIX y principios del XX, que me dejó la boca abierta. Y me ha quedado claro, que quiero más. Que con personas así merece la pena estar. Que no pierdes el tiempo. Una heladora tarde de Madrid, el día que estrena su primavera, tan particular, es poquísimo tiempo para dedicárselo a dos intelectuales como ellos dos.

Dice Catalina, el personaje de “Catalina del Demonio”: “Yo era una pobre chica de provincias, que creía que lo mejor de la vida y el mundo eran las navidades y el agua de colonia.” Y cuando leí esta frase, más o menos a las cuatro de la tarde, me asusté al pensar si yo no vería así el mundo, como un frasquito de colonia en navidad. No quiero ni pensarlo. Para mi, hoy por hoy lo más importante de mi vida es la literatura y no quiero que se me pase esta afición y me de por el agua de colonia. He leído mucho teatro, debido a las pocas representaciones que se hacen. De Shakespeare creo que casi todo, de Tenessee Willians los mismo, algo de los clásicos como Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Esquilo. Me gusta leer a Samuel Becket, a Eugene O´Neill, Alfred Jarry, Bertlot Brech, Ionesco, Chejov, Ibsen, del que conservo una preciosa lámina en un café de Cristiana, después Oslo. También he leído teatro español y nombro aquí, levantándome de vez en cuando a mirar en la biblioteca, por no dejarme a ninguno a Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Valle Inclán, del que pude ver, en un bonito y nuevo teatro de Lavapies, una de sus obras hace menos de un año, representando uno de los papeles un buen amigo mío. También leí algo de Alfonso Sastre, Fernando Martín Iniesta, Miguel Mihura, José Martín Recuerda, Miguel Romero Esteso, Jerónimo López Mozo, José Luis Alonso de Santos con quien colabora Nieva, Antonio Martínez Ballesteros, José Sanchis Sinisterra... Muchas de las obras de estos genios las leí gracias a una pequeña biblioteca de la Caixa que había en la Calle Virgen de Nuria del Barrio de la Concepción y también gracias a otra que aún existe en la calle Quintana. Otras las fui comprando de baratillo en la Cuesta de Moyano. Sin olvidar el metateatro de Pirandello, y la última obra de teatro que me he leído con sumo placer, inmediatamente antes que “Catalina del demonio” ha sido “Retrato de dama con perrito” de Luis Riaza en la que el autor deshace la realidad de la existencia, es decir, la despoja de todo valor de realidad a través de un proceso de enajenación, de forma que muchas veces lo que lees parece más bien un interesantísimo tratado sobre el propio teatro que otra cosa.

“La vida está ahí para ser contada dice Umbral”, y para que nosotros nos la leamos de cabo a rabo. Y esta es y será siempre mi recomendación. Si pueden lean ustedes todo lo que les echen, y si quieren dar un pasito más, pónganse a escribir y verán.

El otro día, en el famoso café, decía Miguel Ángel de Rus que se sentía solo, que la tarea del escritor, entre otras, es enfrentarse a la soledad. Yo le diría, no se lo dije porque en aquel momento no se me ocurrió, pero se lo digo hoy desde aquí, que no hay porque asustarse en absoluto. Casi todos los grandes pensadores, han llegado a esa conclusión de una u otra manera. El drama del ser humano es precisamente ese: su infinita soledad. Solos en mitad del universo, flotando en el tiempo, sin saber lo que pasó, ni lo que vendrá. “Flotando en el tiempo”, una bonita frase. Pero lo que no saben todos estos pensadores, es que todo esto es mentira. De solos nada; están los libros. Miguel Angel, sigue escribiendo y escápate por ahí de nuestra realidad tan tangible y asfixiante y de paso haz el favor de regalarnos otra.

jueves, marzo 15, 2007



Francisco Legaz y Luis Alberto de cuenca, en la presentación en la casa del libro de Madrid del libro de miguel Angel de Rus "Donde no llegan los sueños", el día 15 de Marzo de 2007

ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 3 DE LA REVISTA "IRREVERENTES"
CASI DOS MIL AÑOS Y NI UN NUEVO DIOS

En uno de mis múltiples cursos intentando aprender el idioma inglés, me tocaron para traducir los diálogos de una bonita pieza literaria: La Tempestad de Shakespeare. En ella Gonzalo propone, al dirigirse a los malvados Antonio y Sebastián, la creación de una república ideal, y empieza diciendo que en ella las cosas iban a ser lo contrario de lo que son. Entonces me di cuenta de que las cosas ya son lo contrario de lo que son, pero estamos tan acostumbrados a verlas así, del revés, que nos parece que realmente están del derecho. Vivimos en un sueño del que algunos piensan que se despierta al morir. Antonio propone que en la república ideal sólo habría holgazanes.. putas y bribones. Leyendo esto, y ahora incluso al escribirlo, me pregunto si Shakespeare, no hablaba de la realidad; ¿No es la vida misma un nido de putas holgazanes y bribones? Lo veré yo así por mi tendencia a verlo todo tan negativo; por mi pesimismo. No somos nada. Si acaso, como mucho, tendemos a algo. Tendencia al pesimismo, a ser cariñoso, a ser un estúpido, a estar tumbado (la tendencia a estar siempre tumbado se llama clinodinia; una maravillosa palabra, de la que procuro escapar haciendo auténticos esfuerzos). Pero, si es verdad que la vida es un sueño, y que al morir despertamos, entonces tiene razón el escritor de Tánger, Tahar Ben Jelloun, cuando dice en la primera frase del capítulo quinto de una de sus novelas (Sufrían por la luz): “Recordar es morir”.

El círculo se cierra. Al morir despiertas del sueño, pero al despertar vas y te mueres. Uffff que lío. De todas formas, esto de pensar en que al morir despiertas de un sueño, no es más que una vana ilusión del mortal deseo de pervivir. Voltaire lo dijo muy claramente: “Os he hecho nacer a todos débiles e ignorantes, para vegetar unos minutos en la tierra y abonarla con vuestros cadáveres”. Nos llamaba un poco imbéciles, y con razón. El imbécil es el fruto final de una larga cadena evolutiva que aún no se puede dar por finalizada, y lejos de extinguirse, los imbéciles, aún están en fase de expansión, reproduciéndose más eficazmente que los llamados inteligentes. De hecho, todo el esfuerzo y el trabajo de los laboriosos inteligentes, quienes realmente lo disfrutan son los imbéciles. Además la imbecilidad es altamente contagiosa y penetra en cualquier organismo, contaminándolo en todos sus tejidos y moléculas. El mero hecho de preguntarse si uno mismo es imbécil, es síntoma inequívoco de que ya estás contaminado. Y paracolmo, es fácil encontrarse con imbéciles inteligentísimos. Y todo esto teniendo en cuenta el que la vida es un sueño del que despertamos al morir, nunca antes. Por lo tanto debemos dar las gracias a esta increíble disposición de las cosas, que nos hace ser unos auténticos estúpidos profundos, en medio de una nebulosa onírica de la que despertamos para dejar inmediatamente de existir.

Me escriben desde muchos lugares gracias al último descubrimiento humano. Internet. Se trata de algo inmaterial, que no está en ningún sitio concreto. La red parece que no se puede ni tocar, pero sin embargo estoy seguro de que es el mejor invento de los últimos que nos podemos atribuir los humanos, y no es que existan muchos inventos que sean buenos realmente. El trabajo es otro invento moderno, pero de los malos. Nuestros antepasados, los llamados cazadores recolectores, eran seres oportunistas, que recogían los frutos que, de forma natural, estaban a su alcance, y de vez en cuando cazaban algo y nada más. A todo esto no dedicaban más de dos o tres horas al día. Y uno se pregunta desde la ignorancia, que es desde donde nace el conocimiento, ¿Qué hacían el resto del tiempo? ¿A qué dedicaban el tiempo libre? Pues en Atapuerca, o en Altamira, está la respuesta. Lo dedicaban a fabular, a soñar, a imaginar. Si observamos las pinturas rupestres de cualquiera de los yacimientos, casi todas datadas alrededor de la explosión cultural del neolítico, enseguida nos podemos dar cuenta de que el hombre, entre todas sus herramientas, poseía un instrumento increíble, y no sabía que hacer con él. El hombre se encontró con que tenía un cerebro capaz de imaginar. Ahora nos empezamos a dar cuenta de que el cerebro nos está grande, en el sentido de que es un órgano capaz de imaginar cosas, que físicamente nos son imposibles de alcanzar. Por eso la literatura es una fuente de placer increíble. La literatura es capaz de llenar en parte esa laguna que tenemos; ese desajuste. El cerebro nos está grande; la literatura puede ayudarnos a soportarlo.

El trabajo es un invento reciente y nefasto, que además nos ha metido de cabeza en una espiral que terminará mal sin duda. Tomás Moro en su “Utopía”, hablaba de una jornada laboral de seis horas. Campanella, en “La ciudad del sol” apuesta por la máxima reducción de la jornada de trabajo, y en otro curioso tratado del siglo XIX llamado “El derecho a la pereza” (como me gusta el título), Lafargue pretendía que ninguna jornada laboral excediera de las tres horas. De todas estas ideas han pasado ya muchos años, y hoy todos sabemos que para tener más dinero, hay que trabajar más horas, y encima también sabemos, que por más horas que trabajemos, nunca seremos ricos; hablamos desde el punto de vista de la honradez claro. El dinero, la riqueza, la acumulación de objetos, de bienes de consumo, de tierras, de alimentos, de propiedades, acabará con nosotros, y de paso acabará también con el planeta, tal y como lo conocemos hoy en día.. Por todo esto no me extraña que la religión haya triunfado en estos últimos 20 siglos como lo ha hecho. Los hombres de la edad antigua, de la edad media, los que no tenían otro remedio por su pobreza, y los que lo tenían todo por el interés de preservarlo, no tenían otra salida que lo sobrenatural, que como su nombre indica, está por encima de lo natural. Pero las tesis de las religiones, de la cristiana por ejemplo, son incompatibles, epistemológicamente hablando, con la ciencia moderna, y nuestra cultura, la actual, ha optado por el método empírico - científico en el que toda verdad lo es, porque al mismo tiempo puede ser falsa, es decir, el concepto de verdad es por definición contingente. Y probablemente sea por todo esto, por lo que la religión hoy en día, toca a la gente un poco de refilón, y ya no es que seamos o no seamos ateos, sino que las cuestiones religiosas a la mayoría de las personas nos importan poco para nuestras vidas cotidianas.

La religión y sobre todo el trabajo, la política incluso, son cosas de tan dudosa continuidad que cualquiera, a la vista de todas estas circunstancias, puede pensar o adivinar que tienen los días contados. Y cuando todas estas tormentas pasen, y volvamos a acercarnos a la idea de los cazadores recolectores, idea que resultó tan eficaz, puesto que duró cientos de miles de años sin apenas alteraciones, nos volveremos a encontrar de nuevo con nuestro problema fundamental; con nuestro cerebro, que seguirá siendo el mismo capaz de pensar, de razonar más o menos bien, pero sobre todo capaz de imaginar. Y entonces, en los ratos libres, que serán muchos, buscaremos una pared para dibujar en ella nuestro sueño; cualquier sueño.

Miren, no es que me quiera poner pesado, pero yo creo que nadie me podrá quitar la razón. La única actividad humana, de todas las que nos traemos entre manos actualmente, que merece la pena conservar, que ha perdurado, que perdura y perdurará, no es otra que la literatura. Y si no díganme en que otro espejo podemos mirarnos. Me da igual el que los cenizos pesimistas, le auguren al libro poco futuro; será para ellos. Nosotros, desde esta editorial “Irreverente”, estamos convencidos de que pase lo que pase, nuestra pobre herramienta, el cerebro humano triunfará, y por eso vamos a seguir leyendo y escribiendo. Las paredes de nuestras cuevas, ahora se llaman libros.

El autor junto a Joaquín Leguina, Lourdes Ortiz y Miguel Angel de Rus, en la presentación del libro "donde no llegan los sueños de Miguel Angel de Rus en la casa del libro de Madrid el día 15 de Marzo de 2007.

sábado, enero 27, 2007

ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 2 DE IRREVERENTES


El autor con el académico Francisco Nieva en la presentación de su obra "Catalina del Demonio"

EL SUEÑO REVELA LA REALIDAD

Lo bueno de la literatura es su absoluta interactividad. No sólo contamos con lo que el autor nos quiso decir, sino que además, y por el mismo precio, tenemos todo aquello que se encuentra alojado y se despierta de pronto en nuestra imaginación, al otro lado de nuestros ojos. En la maravillosa novela de Joseph Mitchell, “El secreto de Joe Gould”, la magia de la literatura en este sentido se despliega, y la tensión narrativa, el “no poderlo dejar”, nos invade totalmente. Pero en realidad es nuestra imaginación la que trabaja, ya que el secreto de Joe, no se aclara casi hasta el final, y uno, según avanzan las páginas, lo va imaginando poco a poco; lo va construyendo, en un increíble alarde mágico del autor. Un lector desde la isla de la Palma, me ha mandado un correo, en el que me comenta que hay una canción de The Beatles, del primer disco, compuesta porJohn Lennon que se titula "There's A Place" (Existe Un Sitio): "There's a place, where I can go, when I feel low, when I feel blue, and it's my mind, and there's no time, when I'm alone" (Existe un sitio donde puedo acudir cuando me siento bajo de ánimo o triste, Y ES MI IMAGINACIÓN; y no hay tiempo, cuando estoy solo...." La canción ya la he escuchado, y es muy agradable, pero es que además su mensaje tiene toda la razón. Entonces la literatura, sería, como ocurre con esta novela de Mitchell, una especie de mapa o guía que nos dirige hacia ese lugar, y nos dirige allí siempre, dando igual el punto de partida. También muchas veces la literatura nos abre una puerta que casi siempre está cerrada, la puerta de la esperanza. El término con el cual mejor ha designado la humanidad la línea de su esperanza genérica tiene desde Tomás Moro este nombre: “UTOPÍA”, y navegando entre relatos, la pulsión que a todos nos lanza hacia el futuro, hacia el anhelo, muchas veces se ve satisfecha plenamente. Hay una esperanza, y no me extraña que Marx canonizara a Prometeo como el primer santo del nuevo calendario.
Otro lector, experto en cuestiones de aduanas, a raíz de mi anterior artículo en el que escribí sobre el asunto de la mercadería en la literatura, me ha dicho que lo único que no paga aranceles de ninguna clase a su paso por los puestos fronterizos son los cadáveres. Lo primero que pensé al escucharle es que, a pesar de mi afición por el ahorro y la economía, afición forzosa debida a mi precariedad económica, no me gustaría en absoluto ahorrarme ese arancel en concreto. Es más, me gustaría, contrariamente, pagarlo las veces que fuesen necesarias, tantas como las que cruzase mil y una fronteras, de las que por cierto el mundo está ridículamente lleno, y no nos traen más que problemas a parte de los arancelarios. De todas formas, me gustaría aclarar a los desorientados que lo mejor que uno puede hacer, una vez que ha llegado a este mundo, es salir de él. No hay otra alternativa, aunque la vida a veces parece un laberinto sin salida. La muerte, como dijo Bloch, es la auténtica “no utopía”.
También desde las islas canarias, una lectora me escribe, para decirme que el comentario de mi artículo anterior sobre la compra de literatura antes de que sea escrita, le ha recordado el Mercado de Futuros y Opciones en el mundo financiero. Yo, intentando contestar a esta lectora, me voy a la música otra vez y digo: “No es lo mismo” como dice Alejandro Sanz en una de sus canciones. Espero no tener que abonar ningún arancel por la cita de frases de canciones de otros. Dejémoslo como que es cantar.
Yo en mi inocencia, veo que será difícil que por pensar, por imaginar, por soñar despierto o dormido, o elucubrar, nos lleguen a cobrar algún día. Aunque, como dicen los Holandeses, no se trata de saber si el mar subirá de nivel y les inundará o no, sino que lo importante es averiguar cuando lo hará.
En las novelas se utiliza mucho una técnica por la que se hace que el protagonista sueña, imagina o habla consigo mismo en silencio y se responde, o busca respuesta a sus dudas vitales, como si hablase para sus adentros sin mover los labios. Algunos a esto lo han llamado introspección. Alguna vez, en mi trabajo, me han sorprendido haciendo introspección, y como han pensado que estaba durmiendo, me han amenazado con la miseria y el hambre a fin de mes. Por lo tanto, como no puedo dejar de practicar la introspección a cualquier hora, en cualquier momento del día, ya que tengo ese vicio, siempre procuro que no se me note mucho. A lo sumo me toleran o me permito un cierto aire suave y constante de perturbado que incluso en ciertos contextos queda hasta bien. La introspección en literatura ha dado mucho juego y son maestros en el asunto, algunos autores irlandeses famosos como Samuel Beckett o James Joyce, por poner ejemplos concretos.
Epistomológicamente la introspección sería un camino directo hacia la conciencia, por lo tanto la literatura tiene mucho de esto. Se distingue de la observación, porque esta se dirige hacia los objetos o las cuestiones que son públicas, que pueden ser observadas por cualquiera que se digne a mirarlas. La introspección se dirige hacia un lugar totalmente privado, al que nadie salvo nosotros mismos, tiene acceso. Kafka lo tenía muy claro; tanto, que llegó a afirmar que el sueño, que es el colmo de la mirada hacia dentro de uno mismo, capta plenamente la realidad. Pero el problema es que si el sueño capta plenamente la realidad, ¿qué pasa con la otra realidad, con el otro plano de la realidad con el que convivimos a diario los pobrecitos mortales? Por culpa de esta pregunta, Kafka se fue alejando poco a poco del mundo tangible, y así, bien temprano, el 16 de enero de 1922, con tan sólo 39 años escribía de su puño y letra que ya no podía soportar la vida, y que la voluntaria soledad le estaba matando; le estaba volviendo loco. Se consideraba habitante de “ese otro mundo”, del mundo de los sueños. Los tres ejemplos máximos de lo que puede ser la claridad transparente de un sueño en estado puro, son sus tres novelas “El proceso, El castillo, y la Muralla China.
Pero no hace falta ir tan lejos con Kafka de compañero de viaje, aunque sea realmente muy recomendable. A veces en cualquier librito de poesía de cualquier desconocido, te puedes encontrar con frases como “la luz de la luna mojó tus pestañas cuando se entornaron jurándome amor”. Esto no es introspección, es pura observación de una pura realidad, pero, eso si, contado con especial maestría. Por lo tanto tenemos la imaginación como observación de lo no real, de lo que no es, frente al objeto, al puro objeto observable y susceptible de ser descrito, percibido, palpado. Los diccionarios ofrecen definiciones de objeto diversas, pero todas apuntan a los mismo: “lo que se ofrece a la vista”. “Lo que es pensado”, frente al sujeto que se supone que es el que piensa, y lo que dicen la mayoría de ellos: “el objeto es alguna cosa”, pero la magia también ocurre a este nivel tan poco abstracto. La imaginación es un problema que tenemos los humanos, ya que no podemos desembarazarnos nunca de ella, y así los objetos tienen una doble vida. Por un lado está la material, la formal, pero por el otro está la simbólica, la semiótica. Y aquí los objetos se convierten en polisémicos, cargados de múltiples significados que transmiten informaciones diversas fuera del alcance de su pura forma, tamaño o de su olor o sabor. Incluso hay objetos que son puro símbolo, como sería la cruz.
El hombre es un animal inserto en tramas de significación que hereda y teje el mismo. Por lo tanto el gran problema para estudiar el mundo material es la evidencia, que muchas veces no nos deja ver más allá de las cosas. La literatura se encarga de solucionar este conflicto, mostrándonos siempre el camino para saltarnos la realidad, la evidencia, trasladándonos a otro plano, a otra dimensión.
Quiero ahora recordar al gran maestro Borges que dedica precisamente un poema a “Las cosas”: Cuantas cosas /Limas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas / durarán más allá de nuestro olvido: / No sabrán nunca que nos hemos ido.
Y para finalizar, quiero recomendar un libro de un escritor español, en el que podemos navegar a toda vela por la introspección. Se trata de “Mortal y rosa” de Francisco Umbral. Y quiero traer a nuestra revista “Irreverentes”, los versos de Pedro Salinas, en los que Umbral se inspiró para el título de su obra.: Y un afanoso sueño / de sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito.


Da que pensar.

viernes, enero 05, 2007

UN VIAJE HACIA EL ABISMO EN NUEVA YORK Y CHICAGO

El instituto Cervantes de New York y el de Chicago, reciben “UN VIAJE HACIA EL ABISMO” La novela de Francisco Legaz cruza el Atlántico y aterriza suavemente en America

martes, diciembre 05, 2006


Francisco Legaz Nieto, escritor, filósofo y Diplomado en enfermería es autor de nueve novelas, además de múltiples artículos y colaboraciones en diversos medios. Ha ganado varios premios con sus novelas, y con alguno de sus relatos breves.

"El horizonte está en la escalera" es una novela intimista, que navega a través de la compleja psicología de una mujer que permanece inmóvil en su cama a causa de una enfermedad incurable, pero cuyos sueños consiguen que vuele cada noche.

Novela publicada en 1.997 por la editorial Ópera Prima, tuvo muy buena aceptación de la crítica y del público, apareciendo 56 menciones a ella en la prensa durante los dos meses siguientes a su publicación.

ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 1 DE IRREVERENTES


LOS ESCRITORES SON COMO LOS NARANJOS

La política, el libre mercado, la globalización, la democracia; son estos algunos de los caracteres que están incluidos en la idea de lo que se ha dado en llamar cultura; nuestra cultura. Una cultura basada fundamentalmente en el dinero; el comercio.. Una cultura en la que cosas como el trabajo o la tierra, han pasado a ser mercancías al uso. Mercancías que nunca antes lo habían sido; incluso el dinero también lo es. También se compra y se vende el dinero. Recuerdo que cuando escuché esto por primera vez, tardé mucho tiempo en entenderlo. Ahora lo veo claro. El dinero tiene un precio que es el interés; así de simple. La literatura entra a formar parte de todo este mercado con su propia fuerza. La literatura también se compra y se vende; es otro valor de mercado, otra mercancía. Y así las editoriales, compran literatura o invierten en ella para venderla posteriormente, con la esperanza de obtener un beneficio; una plusvalía. Por lo tanto sería ideal el tener una editorial que produjera sus propias obras, maximizando así las ganancias, al prescindir de los autores o productores. Esto ya es un hecho; ya existe. Muchas editoriales compran con antelación, incluso antes de la propia creación y por encargo previo, las obras que van a vender posteriormente y aún de forma más eficaz tienen contratados a sus propios escritores que realizan las tareas propias de este oficio a precios fijos que no dependen de la valía de la obra o de su calidad intrínseca, ya que escriben atendiendo a la supuesta demanda social de este o de aquel tipo de texto, según van dictando los especialistas en marketing o ventas. Por lo tanto, las editoriales, se han convertido en máquinas productoras de cultura; auténticas factorías del saber. La producen, la empaquetan y la venden, creando y atendiendo las necesidades previamente diseñadas, que se ajustan a sus criterios de calidad. Me recuerda esto un poco a un curioso fraude detectado, según el cual, cierto laboratorio farmacéutico se inventó una enfermedad inexistente, difundiendo en los medios sus evidentes síntomas, y claro está, fabricaba y vendía el fármaco que, milagrosamente, curaba esa supuesta enfermedad. El laboratorio creaba la enfermedad, difundía los síntomas, producía los enfermos, comercializaba el fármaco milagroso, y a su vez los pacientes supuestos, eran consumidores ciegos del remedio para su mal. El círculo, como ocurre en las grandes editoriales, queda cerrado perfectamente. Una auténtica maravilla.

Debido a la manipulación de los precios en origen, por parte de las grandes empresas de la fruta de EEUU, las naranjas se pudren en los árboles mientras la gente se muere de hambre sin ni siquiera poder comerse la fruta podrida. Lo dijo John Steinbeck nada menos que en 1.939, en su apoteósico “Las uvas de la ira”. Cambiemos naranjas por novelas; el resultado es el mismo. Pero los naranjos, cada temporada, siguen dando sus frutos, sin importarles para nada, el precio que marque nadie. Los escritores seguimos escribiendo. Unos años damos frutos de más calidad, otros de menos, pero la fruta sigue ahí, esperando ser consumida; esperando su paladar correspondiente; a veces se pudre en el árbol. La cultura sigue su curso; es de suponer o se le supone. Aunque también la idea de cultura está sometida a todo esto. Si quieres poner nervioso a un antropólogo nómbrasela. No hay término más confuso que el de “cultura”. Sin embargo es una palabra que tiene penetración psicológica. Todo el mundo es capaz de entender lo que significa cultura. Tenemos nuestra cultura; pertenecemos a esta o a aquella cultura. La cultura se empezó a estudiar como concepto hace más de un siglo. Al principio se enfocó la atención en los pueblos antiguos, a los que se les suponía virginales en el sentido de que no habían tenido contacto con occidente o con la civilización; otro término parecido al de cultura. Pero pronto todos estos pueblos fueron desapareciendo, sobre todo desde que Europa decidió extender su mano para tomar sus riquezas. Fueron desapareciendo o bien literalmente como en muchos casos, o bien integrándose en la nueva “cultura” que pretendía colonizarlos, de forma que hoy, el objeto de todos aquellos estudios culturales antropológicos ha desaparecido. Así ocurre que hablar de cultura local o nacional, tiene cada vez menos sentido, ya que asistimos al proceso de la globalización, que parece que es lo contrario de lo que significa más o menos el de cultura. La globalización devora todo lo que encuentra a su paso. “Hubo un tiempo en que estábamos bien. Hubo un tiempo en que estábamos en la tierra y teníamos unos límites. Los viejos morían, y nacían los pequeños y éramos siempre una cosa”. También lo dice Seteinbeck en “Las uvas de la ira”, pero ese tiempo ya pasó… Borges, lo dice aún más claro. “le tocaron como a todos malos tiempos en los que vivir”. Será la condición humana que es así de depresiva y triste. Siempre, a todos, nos tocan malos tiempos.

Por todo esto, me gustaría intentar transmitir el valor de la literatura como auténtica medicina contra todos estos trastornos, como fuerza liberadora para la mente humana que necesita, porque es necesaria, una puerta por la que escapar; un lugar en donde sentirse relajado sin la presión constante de la propia vida; un lugar en donde el escándalo ruidoso de la realidad feroz e inhumana de crueles guerras, e interminables conflictos y ruinas y pobrezas abismales y antiguas no se escucha. Sentados frente a un libro, en silencio, solo escuchamos lo que el autor nos cuenta, y sobre todo, lo que nuestros sentimientos y nuestra imaginación quieren dictarnos. A través de la literatura el individual microcosmos se expande y se convierte en un macrocosmos inmenso, capaz de llegar a todos los rincones; a cualquier rincón por oscuro y siniestro que sea. El cerebro humano tiene un problema, y es que es capaz de imaginar muchísimas más cosas de las que en realidad puede llevar a cabo física o realmente. La literatura soluciona en parte este gran fallo en nuestro diseño, esta frustración, abriéndonos de par en par la puerta de la imaginación, dejando así que entre el aire fresco de otras realidades.

En la última escena de “las uvas de la ira” es muy fácil sentir un escalofrío. Un hombre se muere literalmente de hambre. Una mujer decide amamantarle en su pecho como si fuese un recién nacido. Son campesinos que, por la codicia de las grandes empresas, la crueldad del mercado y por otras muchas razones que se pueden incluir en el maravilloso principio del etcétera, se ven arrancados de la madre tierra que les alimentó durante muchas generaciones. Y expulsados de sus lugares de origen, buscan desesperados la tierra prometida sin encontrarla. Me gusta recordar la escena en la que un tractor de la nueva empresa propietaria de los terrenos, rompe con absoluto desprecio una esquina de la casa de los campesinos, con tal de no variar ni un milímetro la perfecta línea recta del surco de los nuevos cultivos de algodón. No hay propietarios. El conductor del tractor es otro asalariado muerto también de hambre. No hay sindicatos a los que pedir auxilio, no hay nadie a quien matar para vengarse, dice el campesino.

Terminar diciendo que no me importa que la apisonadora aplaste mi casa. La puerta de la casa de mi imaginación está permanentemente abierta, y por ella me escapo cuando quiero; cuando puedo.

Gracias de corazón a los que me abrieron los ojos a este mundo maravilloso.

martes, junio 06, 2006

El día 27 de Mayo de 2006, Francisco Legaz, recibió en la asociación "FRATER" de Madrid, el segundo premio literario, en la modalidad de "cuento", por su relato "JULIÁN Y MARÍA", que fue entregado al autor en la sede de la asociación en la calle Montserrat, en un emotivo acto literario.

jueves, junio 01, 2006

Legaz en la Feria del Libro de Madrid

Hoy, jueves, 1 de junio, Francisco Legaz firmará ejemplares de su obra Un viaje hacia el abismo en la Feria del Libro de Madrid, en la caseta 22, de Distrifer. Estará acompañado por el también escritor irreverente, Miguel Angel de Rus. La firma será de 19h a 21h.

martes, mayo 16, 2006

Primeras páginas de "Un viaje hacia el abismo"

Cuando visitaba Madrid, bien sea por obligaciones de su profesión, o bien por visitas de placer, prefería hacerlo en tren. Llevaba tantos años viviendo en pequeños pueblos, que no soportaba las aglomeraciones y el tráfico infernal de las grandes ciudades.
Viajaba a Madrid con cierta frecuencia, y aquellos viajes significaban siempre sexo para él. Esta vez, como otras muchas, el motivo, o más bien la excusa, era profesional, pero según el tren comenzó a atravesar los primeros suburbios de la gran ciudad, aproximándose lentamente a la gran estación central, sintió la punzada del deseo en su interior, y notó como la premura por satisfacer sus instintos aumentaba con la proximidad a Madrid. Un pecado perdonable en un hombre con casi treinta años a sus espaldas como sacerdote, sin ninguna otra mancha en su historial. Había sido llamado por la superioridad para recibir la explicación de un trabajo que tenía que realizar en su parroquia que, al parecer, se iba a hacer extensivo en todo el territorio. La entrevista con el superior fue breve. Recibió el encargo y el dinero para organizar un baile de disfraces en el pueblo, de los que él atendía, que él mismo eligiera. Enseguida pensó en el más grande ya que le parecía el más adecuado para instalar a la orquesta en la plaza. No era tiempo de carnaval, pero últimamente el obispado se proponía modernizarse, y esta iniciativa formaba parte de un extenso programa que pretendía lavar la imagen conservadora y ultra religiosa que en los últimos tiempos había ido proyectando en la sociedad. Hacía algunos meses recibió una nota breve en la que se le pedía que procurara no utilizar el latín entre sus feligreses. Alfonso lo sintió pero, poco a poco, fue dejando de lado su costumbre de citar frases en latín en sus homilías. Además sabía que nadie le comprendía. Incluso a veces dudaba de si sería escuchado por alguna persona. Tenía la sensación de que cuando hablaba nadie le atendía, ya que la mayoría de la gente andaba mucho más preocupada por sus cosas como para escucharle a él. Antes de despedirse, habló sobre el pueblo habitado por un solo hombre. Desde hacía meses, tenía un cierto temor a visitarle, ya que le miraba con ojos poco tranquilizadores. Decidieron, dado el matiz del asunto, que no era necesario volver allí. Se le mandaría una nota por correo para que asistiera, si así lo deseaba, a los servicios religiosos del pueblo habitado más próximo. Esto le dejó más tranquilo. Salió del edificio antiguo y de regio lujo, en pleno centro de la ciudad, con la carta y el dinero en el bolsillo, y se dirigió inmediatamente al lugar en el que sabía que podía satisfacer su gran deseo sexual. Estaba nervioso y caminaba casi apresuradamente con tal de llegar lo antes posible a la casa de aquella mujer en la que volcaría todas sus ganas acumuladas durante las últimas semanas, durante las cuales ni siquiera se masturbó por no derrochar ni una gota de sus energías.
Fue todo tan rápido que incluso le pareció excesivamente breve, pero las caricias y las dulces palabras que recibió de Azucena a cambio de aquel dinero le dejaron plenamente satisfecho para una temporada. Bajó las escaleras y sin pensarlo mucho se dirigió a la estación para tomar el tren de regreso a su pequeño pueblo.
Durante el viaje fue ligeramente atormentado por un pequeño sentimiento de culpa. No era la primera vez que le ocurría, pero tenía los recursos mentales necesarios como para vencer el ataque del superyo. Normalmente, al día siguiente no solía recordar nada. Tal vez se encontraba algo extraño, pero desayunaba y todo quedaba guardado en un rincón oculto de su enorme memoria, capaz de seleccionar solamente los recuerdos que tenían una utilidad psicológica, y desechar los que podían interferir en el ordenado transcurso de su vida. Según pasaron los años, durante los cuales visitaba a aquellas mujeres, terminó siendo comprensivo consigo mismo, en cuanto supero el complejo de culpa de las primeras veces. Antes, claro está, pasó por otras fases. Pensó muchas veces que muchos de sus compañeros de profesión, tenían el mismo secreto vicio que él. Y así, amparándose en el figurado consuelo de que no era el único, comenzó a restarle importancia al hecho de las visitas a prostitutas, hasta que convirtió el asunto en algo banal y casi sin valor dentro de su personal y amplia moral de sacerdote que, en otros tiempos, utilizó el latín como si fuera un escudo protector tras el que esconderse y ocultar su atormentada y contradictoria personalidad.
El baile, con la ayuda de muchos parroquianos, quedó finalmente organizado y comenzó aquella estrellada noche de verano sin luna, bajo la iluminación de los potentes focos del equipo que convertían el pueblo en una isla de luz en medio de la oscuridad del campo. Todo transcurría con normalidad y alegría, pero la muerte hizo su acto de presencia para enturbiar y confundirlo todo. Sólo uno de los muchos hombres que estaban en la celebración, pudo ver con claridad, como aquella mujer desconocida, apuntó al centro de la espalda del cura, y disparó a sangre fría; la bala helada que segó la vida de Alfonso. Estaba en ese momento bailando con dos o tres chicas del pueblo. Primero se tambaleó y dio cuatro o cinco pasos sin rumbo claro, y por fin se derrumbó en el suelo como un muñeco de trapo sin vida y desmadejado. Se formó un corro de gente a su alrededor, y enseguida todos se dieron cuenta de que había muerto de un disparo. La sangre delató pronto la herida, y cuando dejó de manar de su espalda, y su pecho, todas aquellas personas se fueron apartando, dando por hecho que nada se podía hacer a aquellas alturas. Sólo el hombre que vio a la asesina llevar a cabo su crimen continuaba nervioso, muy alterado, y fue el único que derramó lágrimas en aquel triste momento. Nadie más lloró, porque Alfonso no era un hombre muy apreciado, y la noche comenzó a ponerse fresca.

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viernes, mayo 12, 2006

Se presentó en Madrid Un viaje hacia el abismo, novela sobre la soledad, el destino y la muerte

"Los dos protagonistas de Un viaje hacia el abismo están solos. Ella, viviendo en una gran ciudad; él, en un pueblo abandonado, que podría ser cualquier pueblo de Castilla o de Aragón. Ambos escapan de la soledad y se encuentran en un tren que les lleva hacia un destino inesperado", afirmó Francisco Legaz en su encuentro con los periodistas esta mañana en un céntrico café madrileño. "Tengo mucha relación con Castilla, sobre todo con Zamora, y he reflejado la vida de uno de esos hombres que conzco bien, que viven en un pueblo al que se ha dejado morir. Quizá piense que su soledad es única, pero es una constante en el mundo actual, y es difícil huir de ella. Todos intentamos escapar, y el tren, el viaje, es una metáfora de esa huida."
Narrativa intimista, una visión psicológica que profundiza en el alma de sus personajes, el entorno que participa como un actor más… En Un viaje hacia el abismo encontramos seres humanos que se suicidan inducidos por el comportamiento de los otros, un sacerdote para el que llegar a la gran ciudad supone gozar de la compañía de mujeres de pago; un asesinato, una mujer que decide abandonarlo todo y emprender un viaje de huida y un hombre que desde un lugar completamente distinto, decide hacer lo mismo, en sentido contrario.
La vida del hombre y la de la mujer se cruzan por azar, y desde ese momento comienzan a ocurrir toda una serie de acontecimientos que desembocarán en una espiral de la que ya no podrán escapar y que les engulle a los dos, uniendo fatalmente sus destinos. Normalmente la vida se comporta así con todo el mundo, por lo que no merece la pena asustarse; simplemente podemos dejarnos llevar. El futuro se destruye cada milésima de segundo. Tras el viaje de la vida, quedan pocas certidumbres; que la ciencia de los sacerdotes se basa en nuestra credulidad, que la prisa mata, que el tren nos hace más libres y señores, que algo terrible nos espera al final del camino.
Un viaje hacia el abismo es el cuarto volumen de la colección Novísima Biblioteca, de Ediciones Irreverentes, editorial en la que han publicado autores como Francisco Umbral, Fernando Savater, Francisco Nieva, Augusto Monterroso, José Luis Alonso de Santos, Horacio Vázquez Rial y Luis Alberto de Cuenca.

miércoles, mayo 10, 2006

Presentación de Un viaje hacia el abismo en el Círculo Catalán de Madrid, el 11 de mayo

El jueves, día 11 de mayo, a las 20h, se presenta en el Círculo Catalán de Madrid (Plaza de España) el libro Un viaje hacia el abismo, de Francisco Legaz . La asistencia es libre y gratuita. Al terminar el acto, el autor firmará ejemplares de su obra.
Francisco Legaz tendrá un encuentro con los medios en el Café El Espejo el mismo jueves, día 11, a las 11h . Ese mismo día se emitirán entrevistas con él en Radio Nacional de España y Radio Intereconomía, entre otras. Un viaje hacia el abismo es su primera novela en Ediciones Irreverentes

jueves, mayo 04, 2006

BIOGRAFÍA DE FRANCISCO LEGAZ


Francisco Antonio Legaz NietoNacido en Madrid, es Licenciado en Filosofía y Diplomado Universitario en Enfermería, Diplomado en gestión de Atención Primaria, Experto en terapia psicoanalítica grupal, y actualmente está cursando el último curso de la licenciatura de Antropología social y cultural. Profesor de prácticas de la asignatura de Enfermería comunitaria de la escuela de enfermería de la Universidad Complutense de Madrid desde 1991. Profesor asociado de la Universidad Alfonso X el sabio, de la asignatura de Enfermería Comunitaria. Ha recibido la Orla de la Universidad Complutense, en el año 2006, por su labor docente. Comenzó a escribir en los años ochenta, y es autor de siete novelas: "La memoria vacía", "Colóquese siempre en posición horizontal", "Mujeres de otoño", "Palabras encadenadas", "El horizonte está en la escalera", "Un viaje hacia el abismo" y "Trazo blanco sobre lienzo blanco". Coautor de las obras: "13 para el 21", "Relatos contra el olvido", "250 años de terror", "Pongamos palabras a la realidad" y autor de numerosos relatos, artículos y comentarios literarios, publicados en diversos medios. Su novela “Trazo blanco sobre lienzo blanco”, ha sido finalista del premio de novela “IRREVERENTES” en el año 2008. Obtuvo el segundo premio en el certamen literario "día internacional de la mujer trabajadora" en el año 2004 por su relato"JULIÁN Y MARÍA". También ha obtenido el segundo premio, otorgado por la asociación Frater, por su relato: “LA LLUVIA EN UN ESPEJO”, que fue entregado al autor en la sede de la asociación en la calle Montserrat. Es autor de un ensayo sobre enfermería: "Enfermería, mucho cuidado". Colaborador habitual de la revista "Contrastes" de la Universidad Complutense de Madrid, como comentarista literario. También colabora mensualmente de la revista "La voz del Tajuña" y en el periódico "Irreverentes", con artículos literarios y relatos. Actualmente dirige y presenta el programa de radio "El bosque de las palabras" dedicado al mundo de la literatura, que se emite en directo todos los martes desde Radio Morata, y que ha obtenido el premio al mejor programa cultural del año 2008, como auténtico ejemplo de la integración de la cultura y el entretenimiento.

Un viaje hacia el abismo, primera novela de Francisco Legaz en Ediciones Irreverentes

En Un viaje hacia el abismo, primera novela publicada por Francisco Legaz en Ediciones Irreverentes, encontramos seres humanos que se suicidan inducidos por el comportamiento de los otros, un sacerdote para el que llegar a la gran ciudad supone gozar de la compañía de mujeres de pago; un asesinato, una mujer que decide abandonarlo todo y emprender un viaje de huida y un hombre que desde un lugar completamente distinto, decide hacer lo mismo, en sentido contrario.
La vida del hombre y la mujer se cruzan por azar, y desde ese momento comienzan a ocurrir toda una serie de acontecimientos que desembocarán en una espiral de la que ya no podrán escapar y que les engulle a los dos, uniendo fatalmente sus destinos. Normalmente la vida se comporta así con todo el mundo, por lo que no merece la pena asustarse; simplemente podemos dejarnos llevar. El futuro se destruye cada milésima de segundo. El pasado no es más que un ideal.
Tras el viaje de la vida, quedan pocas certidumbres; que la ciencia de los sacerdotes se basa en nuestra credulidad, que la prisa mata, que el tren nos hace más libres y señores, que algo terrible nos espera al final del camino.
Un viaje hacia el abismo es el cuarto volumen de la colección Novísima Biblioteca, de Ediciones Irreverentes, editorial en la que han publicado autores como Francisco Umbral, Fernando Savater, Francisco Nieva, Augusto Monterroso, José Luis Alonso de Santos, Horacio Vázquez Rial y Luis Alberto de Cuenca.