martes, diciembre 05, 2006

ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 1 DE IRREVERENTES


LOS ESCRITORES SON COMO LOS NARANJOS

La política, el libre mercado, la globalización, la democracia; son estos algunos de los caracteres que están incluidos en la idea de lo que se ha dado en llamar cultura; nuestra cultura. Una cultura basada fundamentalmente en el dinero; el comercio.. Una cultura en la que cosas como el trabajo o la tierra, han pasado a ser mercancías al uso. Mercancías que nunca antes lo habían sido; incluso el dinero también lo es. También se compra y se vende el dinero. Recuerdo que cuando escuché esto por primera vez, tardé mucho tiempo en entenderlo. Ahora lo veo claro. El dinero tiene un precio que es el interés; así de simple. La literatura entra a formar parte de todo este mercado con su propia fuerza. La literatura también se compra y se vende; es otro valor de mercado, otra mercancía. Y así las editoriales, compran literatura o invierten en ella para venderla posteriormente, con la esperanza de obtener un beneficio; una plusvalía. Por lo tanto sería ideal el tener una editorial que produjera sus propias obras, maximizando así las ganancias, al prescindir de los autores o productores. Esto ya es un hecho; ya existe. Muchas editoriales compran con antelación, incluso antes de la propia creación y por encargo previo, las obras que van a vender posteriormente y aún de forma más eficaz tienen contratados a sus propios escritores que realizan las tareas propias de este oficio a precios fijos que no dependen de la valía de la obra o de su calidad intrínseca, ya que escriben atendiendo a la supuesta demanda social de este o de aquel tipo de texto, según van dictando los especialistas en marketing o ventas. Por lo tanto, las editoriales, se han convertido en máquinas productoras de cultura; auténticas factorías del saber. La producen, la empaquetan y la venden, creando y atendiendo las necesidades previamente diseñadas, que se ajustan a sus criterios de calidad. Me recuerda esto un poco a un curioso fraude detectado, según el cual, cierto laboratorio farmacéutico se inventó una enfermedad inexistente, difundiendo en los medios sus evidentes síntomas, y claro está, fabricaba y vendía el fármaco que, milagrosamente, curaba esa supuesta enfermedad. El laboratorio creaba la enfermedad, difundía los síntomas, producía los enfermos, comercializaba el fármaco milagroso, y a su vez los pacientes supuestos, eran consumidores ciegos del remedio para su mal. El círculo, como ocurre en las grandes editoriales, queda cerrado perfectamente. Una auténtica maravilla.

Debido a la manipulación de los precios en origen, por parte de las grandes empresas de la fruta de EEUU, las naranjas se pudren en los árboles mientras la gente se muere de hambre sin ni siquiera poder comerse la fruta podrida. Lo dijo John Steinbeck nada menos que en 1.939, en su apoteósico “Las uvas de la ira”. Cambiemos naranjas por novelas; el resultado es el mismo. Pero los naranjos, cada temporada, siguen dando sus frutos, sin importarles para nada, el precio que marque nadie. Los escritores seguimos escribiendo. Unos años damos frutos de más calidad, otros de menos, pero la fruta sigue ahí, esperando ser consumida; esperando su paladar correspondiente; a veces se pudre en el árbol. La cultura sigue su curso; es de suponer o se le supone. Aunque también la idea de cultura está sometida a todo esto. Si quieres poner nervioso a un antropólogo nómbrasela. No hay término más confuso que el de “cultura”. Sin embargo es una palabra que tiene penetración psicológica. Todo el mundo es capaz de entender lo que significa cultura. Tenemos nuestra cultura; pertenecemos a esta o a aquella cultura. La cultura se empezó a estudiar como concepto hace más de un siglo. Al principio se enfocó la atención en los pueblos antiguos, a los que se les suponía virginales en el sentido de que no habían tenido contacto con occidente o con la civilización; otro término parecido al de cultura. Pero pronto todos estos pueblos fueron desapareciendo, sobre todo desde que Europa decidió extender su mano para tomar sus riquezas. Fueron desapareciendo o bien literalmente como en muchos casos, o bien integrándose en la nueva “cultura” que pretendía colonizarlos, de forma que hoy, el objeto de todos aquellos estudios culturales antropológicos ha desaparecido. Así ocurre que hablar de cultura local o nacional, tiene cada vez menos sentido, ya que asistimos al proceso de la globalización, que parece que es lo contrario de lo que significa más o menos el de cultura. La globalización devora todo lo que encuentra a su paso. “Hubo un tiempo en que estábamos bien. Hubo un tiempo en que estábamos en la tierra y teníamos unos límites. Los viejos morían, y nacían los pequeños y éramos siempre una cosa”. También lo dice Seteinbeck en “Las uvas de la ira”, pero ese tiempo ya pasó… Borges, lo dice aún más claro. “le tocaron como a todos malos tiempos en los que vivir”. Será la condición humana que es así de depresiva y triste. Siempre, a todos, nos tocan malos tiempos.

Por todo esto, me gustaría intentar transmitir el valor de la literatura como auténtica medicina contra todos estos trastornos, como fuerza liberadora para la mente humana que necesita, porque es necesaria, una puerta por la que escapar; un lugar en donde sentirse relajado sin la presión constante de la propia vida; un lugar en donde el escándalo ruidoso de la realidad feroz e inhumana de crueles guerras, e interminables conflictos y ruinas y pobrezas abismales y antiguas no se escucha. Sentados frente a un libro, en silencio, solo escuchamos lo que el autor nos cuenta, y sobre todo, lo que nuestros sentimientos y nuestra imaginación quieren dictarnos. A través de la literatura el individual microcosmos se expande y se convierte en un macrocosmos inmenso, capaz de llegar a todos los rincones; a cualquier rincón por oscuro y siniestro que sea. El cerebro humano tiene un problema, y es que es capaz de imaginar muchísimas más cosas de las que en realidad puede llevar a cabo física o realmente. La literatura soluciona en parte este gran fallo en nuestro diseño, esta frustración, abriéndonos de par en par la puerta de la imaginación, dejando así que entre el aire fresco de otras realidades.

En la última escena de “las uvas de la ira” es muy fácil sentir un escalofrío. Un hombre se muere literalmente de hambre. Una mujer decide amamantarle en su pecho como si fuese un recién nacido. Son campesinos que, por la codicia de las grandes empresas, la crueldad del mercado y por otras muchas razones que se pueden incluir en el maravilloso principio del etcétera, se ven arrancados de la madre tierra que les alimentó durante muchas generaciones. Y expulsados de sus lugares de origen, buscan desesperados la tierra prometida sin encontrarla. Me gusta recordar la escena en la que un tractor de la nueva empresa propietaria de los terrenos, rompe con absoluto desprecio una esquina de la casa de los campesinos, con tal de no variar ni un milímetro la perfecta línea recta del surco de los nuevos cultivos de algodón. No hay propietarios. El conductor del tractor es otro asalariado muerto también de hambre. No hay sindicatos a los que pedir auxilio, no hay nadie a quien matar para vengarse, dice el campesino.

Terminar diciendo que no me importa que la apisonadora aplaste mi casa. La puerta de la casa de mi imaginación está permanentemente abierta, y por ella me escapo cuando quiero; cuando puedo.

Gracias de corazón a los que me abrieron los ojos a este mundo maravilloso.

1 comentario:

Anónima dijo...

¡Hola!

He escrito un post con motivo de la mesa redonda del otro día en la librería Muga y he citado este artículo, así que para que conste dejo un enlace al post Crónica venal de un acto al que no asistí

¡Saludos anónimos!