
El autor en la fiesta de Ediciones Irreverentes, celebrada en la casa de Cantabria en Junio de 2007
Primeros párrafos del relato del autor aparecido en el libro 13 para el 21
SON VENTANAS LAS PALABRAS
En los momentos más vibrantes parecía como si las manos del pianista no pudieran verse; los dedos corrían a toda velocidad, como si en el mismo segundo pretendiese tocar todas las teclas. Tuve aquel día la suerte de pasar por la puerta del auditorio, y fijarme sin querer en la programación. Vi que en la taquilla no había nadie esperando, y saqué una entrada para el concierto de piano de aquella misma tarde. Sin esperarlo, me encontré con una interpretación excepcional. Cuando te sucede algo extraordinario como este concierto de piano al que no esperaba asistir aquella misma mañana, es como si la imaginación ocupase el lugar de la realidad. La vida es más un sueño que otra cosa.
Hacía mucho que no acudía al auditorio a escuchar música, pero una serie de circunstancias, que no vienen al caso, hicieron que me acercara a las taquillas, y comprase la entrada de aquel concierto de piano. Y cuando la vendedora me dijo que quedaban muy pocas entradas, empecé a darme cuenta de que aquel concierto tenía algo de especial. El pianista era alemán y era de color, pero sobre todo era un virtuoso. Se sentó delante del piano, posó sus manos morenas sobre las teclas sin moverlas, y así permaneció inmóvil durante unos segundos, que a todos se nos hicieron eternos, hasta que de pronto, cuando ya nadie podía aguantar ni un momento más aquella extraña quietud en tensión, sus manos rompieron el silencio, y comenzaron a correr de un lado para el otro. A mi me consoló observar que mi emoción era compartida por casi todo el público; conteníamos todos la respiración para así dejar que el aire de la sala, pudiera emplearse entero en vibrar con las notas de aquel maravilloso piano negro de cola. Aquel enorme bloque de aire contenido en el interior del auditorio, se puso a la entera disposición de aquellas maravillosas manos que, con la única fuerza de sus dedos, parecía moverse invisible, al son de la música sin ninguna clase de pudor. No es la primera vez que me ocurre, pero aquella tarde, mientras escuchaba la música, me daba la sensación de que el aire era un ser vivo.
Parecen muy grandes esos pianos de concierto. Son instrumentos delicadísimos e increíbles. Tengo un amigo, German, que se dedica a transportarlos en una furgoneta acondicionada para ello. Los bajan y los suben, atados con gruesas cuerdas, que sujetan a fuertes poleas, por las fachadas de las casas, y cuando alguna vez paseando por las calles he presenciado un piano colgado en una fachada, no he podido evitar pensar en el enorme estrépito que se produciría si el delicado instrumento se desplomara sobre la acera desde un tercer o cuarto piso. Me contaba este amigo transportista, que los peores días para hacer este trabajo, son los días de mucho aire, ya que el piano se balancea peligrosamente, suspendido de las gruesas cuerdas, y el peligro real, es el de que se estampe contra la fachada de la casa, más que el de que se caiga al vacío. Dice que sólo le ha pasado una vez. Un piano de los grandes, empujado por el viento, rompió la cristalera de una terraza en un segundo piso, como si fuese un enorme péndulo, mientras los operarios impotentes, contemplaban la escena aterrorizados desde la acera, sin poder hacer absolutamente nada. En la casa, por suerte, no había nadie.
En los momentos más vibrantes parecía como si las manos del pianista no pudieran verse; los dedos corrían a toda velocidad, como si en el mismo segundo pretendiese tocar todas las teclas. Tuve aquel día la suerte de pasar por la puerta del auditorio, y fijarme sin querer en la programación. Vi que en la taquilla no había nadie esperando, y saqué una entrada para el concierto de piano de aquella misma tarde. Sin esperarlo, me encontré con una interpretación excepcional. Cuando te sucede algo extraordinario como este concierto de piano al que no esperaba asistir aquella misma mañana, es como si la imaginación ocupase el lugar de la realidad. La vida es más un sueño que otra cosa.
Hacía mucho que no acudía al auditorio a escuchar música, pero una serie de circunstancias, que no vienen al caso, hicieron que me acercara a las taquillas, y comprase la entrada de aquel concierto de piano. Y cuando la vendedora me dijo que quedaban muy pocas entradas, empecé a darme cuenta de que aquel concierto tenía algo de especial. El pianista era alemán y era de color, pero sobre todo era un virtuoso. Se sentó delante del piano, posó sus manos morenas sobre las teclas sin moverlas, y así permaneció inmóvil durante unos segundos, que a todos se nos hicieron eternos, hasta que de pronto, cuando ya nadie podía aguantar ni un momento más aquella extraña quietud en tensión, sus manos rompieron el silencio, y comenzaron a correr de un lado para el otro. A mi me consoló observar que mi emoción era compartida por casi todo el público; conteníamos todos la respiración para así dejar que el aire de la sala, pudiera emplearse entero en vibrar con las notas de aquel maravilloso piano negro de cola. Aquel enorme bloque de aire contenido en el interior del auditorio, se puso a la entera disposición de aquellas maravillosas manos que, con la única fuerza de sus dedos, parecía moverse invisible, al son de la música sin ninguna clase de pudor. No es la primera vez que me ocurre, pero aquella tarde, mientras escuchaba la música, me daba la sensación de que el aire era un ser vivo.
Parecen muy grandes esos pianos de concierto. Son instrumentos delicadísimos e increíbles. Tengo un amigo, German, que se dedica a transportarlos en una furgoneta acondicionada para ello. Los bajan y los suben, atados con gruesas cuerdas, que sujetan a fuertes poleas, por las fachadas de las casas, y cuando alguna vez paseando por las calles he presenciado un piano colgado en una fachada, no he podido evitar pensar en el enorme estrépito que se produciría si el delicado instrumento se desplomara sobre la acera desde un tercer o cuarto piso. Me contaba este amigo transportista, que los peores días para hacer este trabajo, son los días de mucho aire, ya que el piano se balancea peligrosamente, suspendido de las gruesas cuerdas, y el peligro real, es el de que se estampe contra la fachada de la casa, más que el de que se caiga al vacío. Dice que sólo le ha pasado una vez. Un piano de los grandes, empujado por el viento, rompió la cristalera de una terraza en un segundo piso, como si fuese un enorme péndulo, mientras los operarios impotentes, contemplaban la escena aterrorizados desde la acera, sin poder hacer absolutamente nada. En la casa, por suerte, no había nadie.