Quiero llamar la atención de los lectores para que enlacéis con el bog de este escritor. No os lo perdáis. Esta lleno de frescura y originalidad.
http://plyngoandwriters.blogspot.com/2008/09/presentacin-del-libro-trazo-blanco.html
sábado, septiembre 27, 2008
miércoles, agosto 06, 2008
ARTÍCULO PUBLICADO EN IRREVERENTES

LA NOVELA HA MUERTO
En el pasado, nadie lo discute, han ocurrido muchas cosas. Algunas fueron malas y otras fueron muy buenas. Casi todo el mundo está de acuerdo en que para construir el presente necesitamos del pasado como un material imprescindible. Pero ocurre que muchos se encuentran siempre al borde del desengaño y el desencanto, debido a que ven en lo pretérito, el modelo al que el presente tiene que copiar o emular, y esta forma de pensar, constituye la clave de un error. El pasado no es un modelo a seguir, sino que es una referencia con la que imaginar el futuro. El modelo perfecto aplasta e incapacita, y no nos sirve para salir o escapar de la realidad, que se convierte así en una condena, ante un objeto inalcanzable.
La novela del siglo XIX es pasado indiscutible, pero hoy estamos en el siglo XXI. Los que hablan de la muerte de la novela se quedan cortos en la expresión de su pesimismo. Deberían añadir “de la novela del siglo XIX”, que sirvió y que todavía sirve para conocernos, hoy mismo incluso, mejor como escritores. Aún quedan retazos de esta forma literaria decimonónica en los confines del sistema, pero en lo que hoy llamamos occidente, estamos ya en otra onda, para mal o para bien.
Lo que hoy se escribe puede compararse con lo que se escribía entonces, pero si lo que intentamos es cruzar los modelos o las referencias, lo único que obtendremos será confusión. Y es una pérdida de tiempo pensar en el futuro, si previamente no aceptamos, intentamos comprender y ponemos en orden el pasado. La literatura tiene mucho de investigación, por lo que se encuentra muy ligada al presente, y el presente de aquellos años, hoy es algo que ya pasó, porque el presente de hoy es hoy.
Nuestra obligación, la obligación de los escritores actuales será pues la de explorar lo posible, aunque tenga que ser en los laterales sombríos de la realidad que tenemos delante de nuestros ojos. Max Weber decía que: “para conseguir lo posible hay que aspirar a los imposible”. Y para los desencantados y desengañados de todo, de la política, o de la literatura, lo que ya no es, es imposible. Para muchas personas el mundo es algo ya terminado y clausurado, y sólo cabe esperar su amarga disolución. .
Estas ideas, son ideas de muerte y de final absoluto. Elias Canetti en la “La conciencia de las palabras” y ya con este título, con haberlo encontrado y leído, me doy por satisfecho para muchos años, nos habla de la muerte como el hecho primero y más antiguo; como el único hecho real, ya que el nacimiento, no es más que la puerta a un sueño, aún por realizar. Y volviendo a las palabras del autor, dicen así: “mientras exista la muerte toda opinión será una protesta contra ella”. Los Antropólogos, un poco más optimistas que Canetti, nos cuentan que los tres hechos fundamentales de todo ser humano son: el nacimiento, el coito y la muerte.
Si la novela está muerta, no caben entonces demasiadas alternativas. Ha ocurrido, según los que esto afirman, por fin el hecho que anuncia Canetti, y por lo tanto no hay más que investigar, ni más que decir. Ya no hay palabras posibles para describir nada, y las pocas que brillan, no son más que fuegos fatuos o de puro artificio inútil. Se acabaron los tiempos en los que todo estaba por decir. Había que decirlo y ya se dijo por fin. Hoy, y de aquí en adelante, poco más se puede hacer que lo que vamos haciendo como buenamente podemos, y es casi nada. Y encima, como si el cadáver de la novela no apestase suficiente, también la imaginación se nos está pudriendo, según anuncian todos estos agoreros de la muerte, por el hecho de que según nos amenazan, disponemos de tantísima información, que es excesiva y estamos, como decía Ramón Llul, tristes de tanta abundancia de pensamiento. En el grabado de Durero llamado “Melancolía”, (mírenlo por favor), podemos ver a un ángel sentado con el puño izquierdo sujetándose la mejilla. En su mano derecha tiene un compás y, como les pasa a todos los ángeles, en su espalda hay unas alas. A sus pies hay un tintero, una escuadra, una esfera, un cepillo, una sierra, una regla, y qué sé yo que más cosas. Un ángel mujer que lo sabe todo, que quiere saberlo todo, o quizás crea que ya lo sabe todo y de ahí le viene esa profunda tristeza, esa melancolía.
Pero en fin, no hay que extrañarse, porque nosotros, habitantes de este siglo, también nos creemos en poder de esa enorme sabiduría del ángel de Durero. En las casas ya no existen aquellas inmensas bibliotecas, y los niños se pasan las horas frente al televisor. Ni siquiera las enciclopedias de nuestra infancia tiene hoy sentido, y han desaparecido también de las casas, y las librerías no hacen otra cosa, que planear su cierre o reconversión en otra clase de empresa más rentable. Y eso que Edmundo de Amicis lo advertía hace 100 años más o menos: “UNA CASA SIN LIBROS ES UNA CASA SIN DIGNIDAD”. Será que ya hemos aprendido, y que ya no necesitamos de todos aquellos grandes relatos, que nos explicaban el mundo y a nosotros mismos.
Pero hay una circunstancia que de momento sigue siendo verdad única. Nosotros, los seres humanos, vemos por las palabras. Ellas son nuestros ojos, y sólo el lenguaje nos permite tener tratos con la experiencia. El conocimiento no nos puede llegar de otra manera que no sea a través de las palabras. Y no hay silencio, por inmenso y cruel que sea, capaz de sustituir al chorro de palabras que constantemente fabrica nuestro cerebro. Por eso el filósofo Wittgenstein, estaba empeñado, en que nuestra única solución, nuestro único futuro, no era otro que arremeter contra los límites del lenguaje, para intentar agrandar nuestro mundo, rompiendo nuestras fronteras, y así poder nombrar aquello que aún no hemos nombrado, porque es de lo que, de momento, no se puede hablar. Y esto, si no me equivoco, también es el territorio de la literatura. Y ahí es en donde tenemos que trabajar, ampliando así nuestro pequeño horizonte. Es nuestra única salida.
Así es que pido por favor a todas aquellas personas que se dedican al noble arte de la escritura, que arremetan contra las fronteras de nuestro lenguaje, que lo enriquezcan y lo amplíen, y que hagan lo posible, para que descubramos todos esos horizontes que aún nos faltan por descubrir, y que están allí guardados entre las páginas de las novelas que aún no hemos leído, y entre las que están por escribir.
La novela no ha muerto. Lo que pasa realmente es que aún no ha hecho más que empezar. Que ciegos somos a veces. Que ciegos somos siempre.
En el pasado, nadie lo discute, han ocurrido muchas cosas. Algunas fueron malas y otras fueron muy buenas. Casi todo el mundo está de acuerdo en que para construir el presente necesitamos del pasado como un material imprescindible. Pero ocurre que muchos se encuentran siempre al borde del desengaño y el desencanto, debido a que ven en lo pretérito, el modelo al que el presente tiene que copiar o emular, y esta forma de pensar, constituye la clave de un error. El pasado no es un modelo a seguir, sino que es una referencia con la que imaginar el futuro. El modelo perfecto aplasta e incapacita, y no nos sirve para salir o escapar de la realidad, que se convierte así en una condena, ante un objeto inalcanzable.
La novela del siglo XIX es pasado indiscutible, pero hoy estamos en el siglo XXI. Los que hablan de la muerte de la novela se quedan cortos en la expresión de su pesimismo. Deberían añadir “de la novela del siglo XIX”, que sirvió y que todavía sirve para conocernos, hoy mismo incluso, mejor como escritores. Aún quedan retazos de esta forma literaria decimonónica en los confines del sistema, pero en lo que hoy llamamos occidente, estamos ya en otra onda, para mal o para bien.
Lo que hoy se escribe puede compararse con lo que se escribía entonces, pero si lo que intentamos es cruzar los modelos o las referencias, lo único que obtendremos será confusión. Y es una pérdida de tiempo pensar en el futuro, si previamente no aceptamos, intentamos comprender y ponemos en orden el pasado. La literatura tiene mucho de investigación, por lo que se encuentra muy ligada al presente, y el presente de aquellos años, hoy es algo que ya pasó, porque el presente de hoy es hoy.
Nuestra obligación, la obligación de los escritores actuales será pues la de explorar lo posible, aunque tenga que ser en los laterales sombríos de la realidad que tenemos delante de nuestros ojos. Max Weber decía que: “para conseguir lo posible hay que aspirar a los imposible”. Y para los desencantados y desengañados de todo, de la política, o de la literatura, lo que ya no es, es imposible. Para muchas personas el mundo es algo ya terminado y clausurado, y sólo cabe esperar su amarga disolución. .
Estas ideas, son ideas de muerte y de final absoluto. Elias Canetti en la “La conciencia de las palabras” y ya con este título, con haberlo encontrado y leído, me doy por satisfecho para muchos años, nos habla de la muerte como el hecho primero y más antiguo; como el único hecho real, ya que el nacimiento, no es más que la puerta a un sueño, aún por realizar. Y volviendo a las palabras del autor, dicen así: “mientras exista la muerte toda opinión será una protesta contra ella”. Los Antropólogos, un poco más optimistas que Canetti, nos cuentan que los tres hechos fundamentales de todo ser humano son: el nacimiento, el coito y la muerte.
Si la novela está muerta, no caben entonces demasiadas alternativas. Ha ocurrido, según los que esto afirman, por fin el hecho que anuncia Canetti, y por lo tanto no hay más que investigar, ni más que decir. Ya no hay palabras posibles para describir nada, y las pocas que brillan, no son más que fuegos fatuos o de puro artificio inútil. Se acabaron los tiempos en los que todo estaba por decir. Había que decirlo y ya se dijo por fin. Hoy, y de aquí en adelante, poco más se puede hacer que lo que vamos haciendo como buenamente podemos, y es casi nada. Y encima, como si el cadáver de la novela no apestase suficiente, también la imaginación se nos está pudriendo, según anuncian todos estos agoreros de la muerte, por el hecho de que según nos amenazan, disponemos de tantísima información, que es excesiva y estamos, como decía Ramón Llul, tristes de tanta abundancia de pensamiento. En el grabado de Durero llamado “Melancolía”, (mírenlo por favor), podemos ver a un ángel sentado con el puño izquierdo sujetándose la mejilla. En su mano derecha tiene un compás y, como les pasa a todos los ángeles, en su espalda hay unas alas. A sus pies hay un tintero, una escuadra, una esfera, un cepillo, una sierra, una regla, y qué sé yo que más cosas. Un ángel mujer que lo sabe todo, que quiere saberlo todo, o quizás crea que ya lo sabe todo y de ahí le viene esa profunda tristeza, esa melancolía.
Pero en fin, no hay que extrañarse, porque nosotros, habitantes de este siglo, también nos creemos en poder de esa enorme sabiduría del ángel de Durero. En las casas ya no existen aquellas inmensas bibliotecas, y los niños se pasan las horas frente al televisor. Ni siquiera las enciclopedias de nuestra infancia tiene hoy sentido, y han desaparecido también de las casas, y las librerías no hacen otra cosa, que planear su cierre o reconversión en otra clase de empresa más rentable. Y eso que Edmundo de Amicis lo advertía hace 100 años más o menos: “UNA CASA SIN LIBROS ES UNA CASA SIN DIGNIDAD”. Será que ya hemos aprendido, y que ya no necesitamos de todos aquellos grandes relatos, que nos explicaban el mundo y a nosotros mismos.
Pero hay una circunstancia que de momento sigue siendo verdad única. Nosotros, los seres humanos, vemos por las palabras. Ellas son nuestros ojos, y sólo el lenguaje nos permite tener tratos con la experiencia. El conocimiento no nos puede llegar de otra manera que no sea a través de las palabras. Y no hay silencio, por inmenso y cruel que sea, capaz de sustituir al chorro de palabras que constantemente fabrica nuestro cerebro. Por eso el filósofo Wittgenstein, estaba empeñado, en que nuestra única solución, nuestro único futuro, no era otro que arremeter contra los límites del lenguaje, para intentar agrandar nuestro mundo, rompiendo nuestras fronteras, y así poder nombrar aquello que aún no hemos nombrado, porque es de lo que, de momento, no se puede hablar. Y esto, si no me equivoco, también es el territorio de la literatura. Y ahí es en donde tenemos que trabajar, ampliando así nuestro pequeño horizonte. Es nuestra única salida.
Así es que pido por favor a todas aquellas personas que se dedican al noble arte de la escritura, que arremetan contra las fronteras de nuestro lenguaje, que lo enriquezcan y lo amplíen, y que hagan lo posible, para que descubramos todos esos horizontes que aún nos faltan por descubrir, y que están allí guardados entre las páginas de las novelas que aún no hemos leído, y entre las que están por escribir.
La novela no ha muerto. Lo que pasa realmente es que aún no ha hecho más que empezar. Que ciegos somos a veces. Que ciegos somos siempre.
domingo, mayo 11, 2008
EL GRITO DE LA TIERRA

EL GRITO DE LA TIERRA. Primeros párrafos
Cuando sólo tenía catorce años escuché por primera vez en mi vida una canción que me marcó para siempre. Se trataba de “Alfonsina y el mar” cantada por la inmensa artista argentina Mercedes Sosa. Hice una excursión con el colegio que duró cuatro o cinco días, y la primera mañana fuimos despertados de nuestros sueños con aquella canción, que sonó en un tocadiscos portátil puesto sobre una banqueta en el pasillo al que daban todas las habitaciones. Aquella excursiones eran una ocasión para salir de casa y dormir lejos de tus padres.
He oído que Mercedes Sosa ya no puede cantar. Aún conserva su lucidez y su voz tiene la potencia y profundidad que conocemos los que la seguimos desde hace años, pero ahora ya no puede cantar. El problema es que una depresión, la enfermedad de nuestro tiempo que la ha postrado en la cama, con lo que se hace imposible el movilizarla hasta un escenario para que cante. La diosa está ahora en la cama descansando.
En mi habitación de aquella excursión había poco mobiliario. Una cama una mesilla y un armario. Ni tan siquiera había cuadros colgados en la pared, en la que, eso si, había un crucifijo. Todo invitaba a la introspección y al silencio. La primera noche me costó mucho dormirme y me dediqué a observar los escasos muebles. La cama con su somier de muelles aportó poca información, el armario estaba vacío y simplemente olía a madera. Pero la mesilla de noche escondía un tesoro de un incalculable valor. No hubo más que sacar el cajón y darle la vuelta. Allí me encontré, anotado en la madera, el teléfono de una chica. Se llamaba María José. Un número de teléfono y un nombre. No había más datos.
Mercedes Sosa es una mujer cercana y siempre les dice a los periodistas que lamenta mucho no poder actuar, ya que eso es su vida y lo ha sido siempre desde que era muy joven. Ella pone la excusa de la artrosis y la obesidad, que también la afectan mucho. Su primer disco se llamó “Canciones con fundamento” y se publicó a mediados de los años sesenta. Poco después de haber grabado dos discos, comenzó a viajar por todo el mundo, transmitiendo su mensaje y se hizo muy famosa. Por entonces las letras de sus canciones habían comenzado a resultar inconvenientes para las autoridades militares que gobernaban la Argentina, y su censura en las radios oficiales fue muy común. En medio de aquella fea violencia, Mercedes Sosa seguía cantándol e a la vida. Pero el hostigamiento fue insoportable. Por eso, después de ser detenida durante un concierto en la ciudad de la Plata junto a 350 espectadores, decidió exiliarse.
Cuando sólo tenía catorce años escuché por primera vez en mi vida una canción que me marcó para siempre. Se trataba de “Alfonsina y el mar” cantada por la inmensa artista argentina Mercedes Sosa. Hice una excursión con el colegio que duró cuatro o cinco días, y la primera mañana fuimos despertados de nuestros sueños con aquella canción, que sonó en un tocadiscos portátil puesto sobre una banqueta en el pasillo al que daban todas las habitaciones. Aquella excursiones eran una ocasión para salir de casa y dormir lejos de tus padres.
He oído que Mercedes Sosa ya no puede cantar. Aún conserva su lucidez y su voz tiene la potencia y profundidad que conocemos los que la seguimos desde hace años, pero ahora ya no puede cantar. El problema es que una depresión, la enfermedad de nuestro tiempo que la ha postrado en la cama, con lo que se hace imposible el movilizarla hasta un escenario para que cante. La diosa está ahora en la cama descansando.
En mi habitación de aquella excursión había poco mobiliario. Una cama una mesilla y un armario. Ni tan siquiera había cuadros colgados en la pared, en la que, eso si, había un crucifijo. Todo invitaba a la introspección y al silencio. La primera noche me costó mucho dormirme y me dediqué a observar los escasos muebles. La cama con su somier de muelles aportó poca información, el armario estaba vacío y simplemente olía a madera. Pero la mesilla de noche escondía un tesoro de un incalculable valor. No hubo más que sacar el cajón y darle la vuelta. Allí me encontré, anotado en la madera, el teléfono de una chica. Se llamaba María José. Un número de teléfono y un nombre. No había más datos.
Mercedes Sosa es una mujer cercana y siempre les dice a los periodistas que lamenta mucho no poder actuar, ya que eso es su vida y lo ha sido siempre desde que era muy joven. Ella pone la excusa de la artrosis y la obesidad, que también la afectan mucho. Su primer disco se llamó “Canciones con fundamento” y se publicó a mediados de los años sesenta. Poco después de haber grabado dos discos, comenzó a viajar por todo el mundo, transmitiendo su mensaje y se hizo muy famosa. Por entonces las letras de sus canciones habían comenzado a resultar inconvenientes para las autoridades militares que gobernaban la Argentina, y su censura en las radios oficiales fue muy común. En medio de aquella fea violencia, Mercedes Sosa seguía cantándol e a la vida. Pero el hostigamiento fue insoportable. Por eso, después de ser detenida durante un concierto en la ciudad de la Plata junto a 350 espectadores, decidió exiliarse.
sábado, abril 19, 2008
PRIMEROS PÁRRAFOS DEL RELATO DE FRANCSCO APARECIDO EN EL DIARIO "IRREVERENTES" DEL MES DE MARZO DE 2008.

NI ELLA NI YO
El aplastante mutismo de los hechos, que ocurren de forma sistemática, sin demostrar nunca nada a las claras, hicieron que Teresa desistiera muy pronto de tratar de interpretarlos. Incluso en algunas raras ocasiones, cuando descubría el mensaje escondido que llevan dentro todas las cosas, no era nunca capaz de descifrarlo, debido al bloqueo al que fue sistemáticamente sometida durante toda su infancia. Sus padres a su vez, también era impenetrables a las cosas de Teresa, y tan solo parecían abrir un resquicio en su alma, para una profunda religiosidad que, desde el principio marcó para siempre la vida de aquella familia. Teresa fue creciendo, y con las poquísimas herramientas que le fueron entregadas por los que la educaron, descubrió poco a poco que teniendo paciencia, empiezas tarde o temprano a encontrar la puerta de entrada de todas esas cosas que llamamos retóricamente “los misterios de la vida”. Pero el problema no era encontrar la entrada, sino que la verdadera dificultad para Teresa, era atravesar aquellas puertas. Nunca lo consiguió, ya que sus padres, actuaban siempre de cancerberos insobornables, como el monstruoso perro de tres cabezas, que protegía Hades, el inframundo de la antigua Grecia, no dejando salir de él a los muertos, ni dejando entrar nunca a los vivos. Jamás accedieron aquellos padres a que su hija viese por un momento ninguna luz, salvo en el instante de su alumbramiento. Y la única luminosidad que fueron capaces de mostrar a la pobre niña, que crecía confundida en medio de todo aquel océano de misterios, fue la luz antigua que ilumina la penumbra de las iglesias. Teresa fue creciendo en ese ambiente oscuro y cerrado. Apenas hablaba, y su rostro fue adoptando, según perdía la espontaneidad de la infancia, una rigidez que demostraba el conflicto y la represión que vivía en su interior. Y así, con el paso de los años, sus padres empezaron a notar que se alejaban de ella, aunque en realidad era ella la que se alejaba de sus padres y del mundo, en un viaje constante hacia su interior.
miércoles, abril 02, 2008
AHORA VIVA LAS PREGUNTAS

COMO ESCRIBIR
Escuchaba el otro día a Jose Luis Alonso de Santos, que explicaba que nadie nos va a decir nunca que nuestro escrito está mal. "Deberías trabajarlo un poco más" "es una buena idea pero podrías intentar mirar desde otro ángulo", y cosas así. Pero decirnos: "Mira guapo, dedícate a otra cosa, porque para esto no vales" o "rompe ese papel y que no lo lea nadie por favor"... No lo dice nadie. Yo sólo puedo aportar que escribir es un trabajo complicado en extremo, que requiere mucha dedicación, y que nunca es una cosa simple, que sale expontáneamente. Cervantes escribió su Quijote muchos años, creo que 52, y detrás llevaba un gran camino literario recorrido. Baudelaire escribió "consejos a los jóvenes escritores", y el primer consejo que daba era domesticar la envidia y nunca pensar que el éxito se debe a la suerte. Dice Baudelaire que el éxito "es una sucesión de pequeños triunfos imperceptibles que, acumulados en orden favorable, terminan siendo evidentes. Baudelaire escribió sus consejos con sólo 25 años, pero tengamos en cuenta que no eran los 25 años de ahora. Por último otro consejo. Esta vez de Rilke el poeta, que también escribió consejos para los escritores (cartas a un jóven poeta creo que se llama la obra). Para el artista no cuenta el tiempo, debe estar como si estuviese FRENTE A LA ETERNIDAD. Como último detalle decir que Rilke escribió sus cartas con 28 años. Termino comentando otra cuestión de Rilke, que tanto me ha gustado siempre, a pesar de que a veces es algo impenetrable. En otro de sus consejos dice simplemente: "Ahora viva las preguntas". Para escribir son mejores las dudas que las respuestas.Las respuestas las deben dar otros. Para escribir basta con preguntárselo todo.
miércoles, marzo 19, 2008
VIDAS DE CARVER

Hago mención a este artículo referido a un increíble escritor, Carver, que murió prematuramente. Sólo decir que merece la pena que le echeis un vistazo. Antonio Muñoz Molina es uno de mis escritores favoritos. Y de propina copio un interesante poema:
Miedo
Miedo a ver un auto de policía entrar en el camino.
Miedo a quedarse dormido por la noche.
Miedo a no poder dormir de noche.
Miedo a que el presente tome vuelo.
Miedo a que el pasado emerja.
Miedo a ver un auto de policía entrar en el camino.
Miedo a quedarse dormido por la noche.
Miedo a no poder dormir de noche.
Miedo a que el presente tome vuelo.
Miedo a que el pasado emerja.
Miedo a que el teléfono suene en la muerte de la noche.
Miedo a tormentas electricas.
Miedo a la mujer limpia con un lunar en su mejilla.
Miedo a los perros. Te dije que no muerden!
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo muerto de un amigo.
Miedo a quedarse sin plata.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no lo crea.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que los otros.
Miedo a la letra manuscrita de mis hijos en un sobre.
Miedo a que ellos mueran antes que yo, y que me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre en su vejez.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una mala noticia.
Miedo a despertarme y que te hayas ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que amo sea letal para aquellos a quienes amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
He dicho esto.
Miedo a tormentas electricas.
Miedo a la mujer limpia con un lunar en su mejilla.
Miedo a los perros. Te dije que no muerden!
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo muerto de un amigo.
Miedo a quedarse sin plata.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no lo crea.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que los otros.
Miedo a la letra manuscrita de mis hijos en un sobre.
Miedo a que ellos mueran antes que yo, y que me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre en su vejez.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una mala noticia.
Miedo a despertarme y que te hayas ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que amo sea letal para aquellos a quienes amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
He dicho esto.
jueves, febrero 14, 2008
ESCRIBIR ES VIVIR
Enviamé tus opiniones o comentarios y procuraré contestarte personalmente lo antes posible. Quiero que este blog, se convierta en un rincón en el que podamos compartir aquello que más nos gusta: la literatura; mirada desde todos los ángulos. Estoy interesado en la creación, en la propia escritura, en la edición y todos sus problemas y matices. Para ello te pediría algo tan valioso como tu participación. Seguro que no nos vamos a arrepentir. Puedes hacer clic debajo de este comentario, y dejar ahí tus palabras. Leeré todo con suma atención. Muchas gracias. Francisco Legaz.POR FAVOR PARA PARTICIPAR HAY QUE HACER CLIC EN COMENTARIOS LITERARIOS A LA DERECHA O EN COMMENTS AQUÍ DEBAJO. GRACIAS
domingo, febrero 03, 2008
ARTICULO DEL AUTOR APARECIDO EN DIARIO IRREVERENTES
DESTRUIR EL MUNDO
María estaba muy delgada y tenía los ojos muy hundidos, pero su sonrisa se mantenía intacta a pesar de todo lo ocurrido. Me gustaba ver sus dientes blancos en su boca siempre entreabierta. Como por su aspecto parecía que estaba dormida, pensé que lo mejor sería que me diera una vuelta por el barrio, para tratar de despejarme, ya que llevaba muchas horas sin salir de allí. Me encontraba algo aturdido, aunque debería estar muy acostumbrado a todo esto. Salí a la calle ya muy tarde. Serían como las once de la noche. Entonces decidí tomarme un café. A esas horas, sólo algunos locales despachan café, por lo que entré en uno que me pareció adecuado. En el bar había cuatro o cinco personas, y el camarero una vieja radio. Realmente el local parecía abandonado desde hacía mucho tiempo. Los muebles tenían más de veinte años, y las vitrinas de la barra estaban bastante mugrientas. Me fijé en las lámparas de iluminación, y me di cuenta de que la mayoría de las bombillas estaban fundidas. Incluso había dos o tres que se habían roto y colgaban del casquillo unos finos alambres, a los que se había adherido el polvo de muchos años, y que hace unos años eran los filamentos. Eran, como los clientes del local, lámparas fundidas. Le pedí al camarero mi café, pero comencé a sentir repugnancia, ya que no veía limpieza por ninguna parte, y me temí que lo más probable es que no fuese capaz de tomármelo. Entonces se acercó a mí uno de los borrachos. Tenía aspecto de vagabundo o de transeúnte profesional; esos hombres que deambulan por los cascos históricos de todas las ciudades, y que parece que viven en la calle alcoholizados y víctimas de enfermedades mentales. Sin más preámbulos me preguntó si me gustaba la paella. Yo le contesté sorprendido, sin entender nada, que sí me gustaba. Me dijo que él había descubierto una forma de degustarla muy especial, con la que conseguía, a base de superponer los diferentes sabores del plato en un orden determinado, como si fuesen capas, potenciar el sabor de cada uno de los ingredientes al máximo. Me dijo que la gente no sabía comer. Yo miré el reloj como si quisiera decir que tenía prisa, pero él continuó con su absurdo discurso gastronómico. Me dijo que comer paella tiene su intríngulis. Y se empeñó en explicarme como había que comerla. El proceso dijo es el siguiente: Primero había que comerse los trozos de pollo lentamente y masticándolos bien. A continuación rescataba todas las chirlas o almejas y las colocaba boca arriba, en el borde del plato, de forma que quedaban aisladas del resto de los componentes. Después retiraba todos los trocitos de pimientos y judías verdes de la paella restante, ya que me explicó también que no le gustaban, aunque reconoció que aportaban un buen sabor al plato. Después de todo este proceso, se comía todas las chirlas que previamente había apartado y colocado cuidadosamente en su lugar correspondiente, según su lógica. Por fin llegaba el momento de comerse el arroz salvo el calamar, que se reserva para el siguiente paso. Y por último me dijo que, cuando ya sólo quede el calamar en el plato y ni un solo grano de arroz, hay que comerse los trozos de calamar, con lo que se da por concluida la ingestión de la paella, salvo el último detalle que digamos remata la faena y que consiste en comer un pequeño trozo de pan y beber un vaso de agua fría.
En medio de mi repugnancia el camarero me sirvió el café. Me empezaba a sentir mal. El café, como yo me temía, tenía un olor desagradable, y decidí no tomármelo, pero mientras le ponía azúcar y le daba vueltas con la cucharilla por pasar el tiempo, el maestro paellero, permanecía a mi lado expectante, como si quisiera que me terminara la taza, para seguir dándome sus explicaciones. Llevaba en la mano una copa que parecía de coñac, y tenía la mirada demasiado turbia. Y como me temía que, a continuación, era posible que me intentara explicar la forma más adecuada de zamparse un cocido madrileño, le pedí, con mucha educación, que me dejara tranquilo, ya que no tenía ganas de hablar, puesto que tenía una amiga enferma, a la que estaba acompañando y cuidando, y ahora había salido a dar una vuelta para despejarme. Para intentar largarme de allí lo antes posible, pagué el café e hice ademán de marcharme, pero me sujetó del brazo y me preguntó que ¿cómo era posible que hubiese hecho el gesto de mirar la hora dos veces, si se había dado cuenta de que no tenía reloj? Le contesté molesto que no miraba la hora. Él se encogió de hombros y bebió un sorbo de su copa. Me dirigí hacia la puerta para salir, pero aún no me había soltado el brazo. Dijo que quería acompañarme. No tuve más remedio que aceptar su desagradable compañía, y empezamos a caminar juntos por la acera hacia la casa de María. Al llegar al portal intenté despedirme de él, pero no quería irse. Le dije que iba a subir, pero se empeñó en ver a María. Como no me gusta discutir, y además estaba un poco bajo de moral, accedí contra mi propia voluntad. Casi todo lo que hago últimamente es en contra de mi voluntad. En contra de mi mismo. Subimos juntos por las escaleras de madera en penumbra, y al llegar al rellano, no me lo podía creer. Me encontraba allí, junto a un tipo desconocido y borracho, que se había empeñado en acompañarme a casa de mi querida María. Es increíble lo que le puede llegar a suceder a uno. Abrí la puerta con la llave, y entramos los dos en silencio. Le invité a sentarse un momento en una silla del salón, mientras yo me acercaba hasta la habitación en la que ella dormía. Continuaba igual que cuando me marché. Me acerqué para mirar su rostro, y fue en ese instante cuando me di cuenta de que el borracho de la paella, estaba justo detrás de mí, mirando por encima de mi hombro. Inmediatamente, nada más verla allí en la cama, dijo que iba a llamar a la policía, a la vez que se ponía muy pálido y me miraba fijamente algo desconcertado. No estaba acostumbrado a esto. Le di un empujón que hizo que se tambaleara, hasta que finalmente se desplomó, quedándose sentado en el suelo. Le estampé una botella de cerveza de litro en la cabeza, ya que fue lo que encontré más a mano, y como la botella no se rompía, le di varios botellazos hasta que el cristal estalló en mil pedazos. Aún respiró unos minutos, pero de pronto dejó de hacerlo igual que le había pasado a María. Le quité el dinero que llevaba encima, y el documento de identidad, me puse el reloj de pulsera, que había olvidado en la mesilla de noche, cogí mi revista literaria y me marché de allí con una extraña sensación en el cuerpo. Notaba algo extraño dentro de mi. Bajé por las oscuras escaleras de madera al portal. Aún quedaban unas horas para que amaneciese. Según iba caminando por la acera, empecé a sentirme mejor. Muchas veces me pasa que noto que estoy a punto de marearme. Incluso la vista se me llega a nublar algo, pero en cuanto me da un poco el aire me encuentro mejor. Me fijé en otro portal. Era el número 23 y me quedé pensativo, ya que recordé que este número, según Guillermo Bali, cubano experto en fractales, del que me he leído todos sus libros, es el número más repetido de la naturaleza. Además es un número primo. El portal estaba abierto. Entré y subí por la escalera hasta el primer piso. Llamé a la letra “A” .
“UN PÁJARO SIEMPRE BUSCA SALIR DE SU CASCARÓN. EL CASCARÓN ES SU MUNDO. AQUEL QUE QUIERE NACER DEBE DESTRUIR UN MUNDO. (HERMAN HESSE)
María estaba muy delgada y tenía los ojos muy hundidos, pero su sonrisa se mantenía intacta a pesar de todo lo ocurrido. Me gustaba ver sus dientes blancos en su boca siempre entreabierta. Como por su aspecto parecía que estaba dormida, pensé que lo mejor sería que me diera una vuelta por el barrio, para tratar de despejarme, ya que llevaba muchas horas sin salir de allí. Me encontraba algo aturdido, aunque debería estar muy acostumbrado a todo esto. Salí a la calle ya muy tarde. Serían como las once de la noche. Entonces decidí tomarme un café. A esas horas, sólo algunos locales despachan café, por lo que entré en uno que me pareció adecuado. En el bar había cuatro o cinco personas, y el camarero una vieja radio. Realmente el local parecía abandonado desde hacía mucho tiempo. Los muebles tenían más de veinte años, y las vitrinas de la barra estaban bastante mugrientas. Me fijé en las lámparas de iluminación, y me di cuenta de que la mayoría de las bombillas estaban fundidas. Incluso había dos o tres que se habían roto y colgaban del casquillo unos finos alambres, a los que se había adherido el polvo de muchos años, y que hace unos años eran los filamentos. Eran, como los clientes del local, lámparas fundidas. Le pedí al camarero mi café, pero comencé a sentir repugnancia, ya que no veía limpieza por ninguna parte, y me temí que lo más probable es que no fuese capaz de tomármelo. Entonces se acercó a mí uno de los borrachos. Tenía aspecto de vagabundo o de transeúnte profesional; esos hombres que deambulan por los cascos históricos de todas las ciudades, y que parece que viven en la calle alcoholizados y víctimas de enfermedades mentales. Sin más preámbulos me preguntó si me gustaba la paella. Yo le contesté sorprendido, sin entender nada, que sí me gustaba. Me dijo que él había descubierto una forma de degustarla muy especial, con la que conseguía, a base de superponer los diferentes sabores del plato en un orden determinado, como si fuesen capas, potenciar el sabor de cada uno de los ingredientes al máximo. Me dijo que la gente no sabía comer. Yo miré el reloj como si quisiera decir que tenía prisa, pero él continuó con su absurdo discurso gastronómico. Me dijo que comer paella tiene su intríngulis. Y se empeñó en explicarme como había que comerla. El proceso dijo es el siguiente: Primero había que comerse los trozos de pollo lentamente y masticándolos bien. A continuación rescataba todas las chirlas o almejas y las colocaba boca arriba, en el borde del plato, de forma que quedaban aisladas del resto de los componentes. Después retiraba todos los trocitos de pimientos y judías verdes de la paella restante, ya que me explicó también que no le gustaban, aunque reconoció que aportaban un buen sabor al plato. Después de todo este proceso, se comía todas las chirlas que previamente había apartado y colocado cuidadosamente en su lugar correspondiente, según su lógica. Por fin llegaba el momento de comerse el arroz salvo el calamar, que se reserva para el siguiente paso. Y por último me dijo que, cuando ya sólo quede el calamar en el plato y ni un solo grano de arroz, hay que comerse los trozos de calamar, con lo que se da por concluida la ingestión de la paella, salvo el último detalle que digamos remata la faena y que consiste en comer un pequeño trozo de pan y beber un vaso de agua fría.
En medio de mi repugnancia el camarero me sirvió el café. Me empezaba a sentir mal. El café, como yo me temía, tenía un olor desagradable, y decidí no tomármelo, pero mientras le ponía azúcar y le daba vueltas con la cucharilla por pasar el tiempo, el maestro paellero, permanecía a mi lado expectante, como si quisiera que me terminara la taza, para seguir dándome sus explicaciones. Llevaba en la mano una copa que parecía de coñac, y tenía la mirada demasiado turbia. Y como me temía que, a continuación, era posible que me intentara explicar la forma más adecuada de zamparse un cocido madrileño, le pedí, con mucha educación, que me dejara tranquilo, ya que no tenía ganas de hablar, puesto que tenía una amiga enferma, a la que estaba acompañando y cuidando, y ahora había salido a dar una vuelta para despejarme. Para intentar largarme de allí lo antes posible, pagué el café e hice ademán de marcharme, pero me sujetó del brazo y me preguntó que ¿cómo era posible que hubiese hecho el gesto de mirar la hora dos veces, si se había dado cuenta de que no tenía reloj? Le contesté molesto que no miraba la hora. Él se encogió de hombros y bebió un sorbo de su copa. Me dirigí hacia la puerta para salir, pero aún no me había soltado el brazo. Dijo que quería acompañarme. No tuve más remedio que aceptar su desagradable compañía, y empezamos a caminar juntos por la acera hacia la casa de María. Al llegar al portal intenté despedirme de él, pero no quería irse. Le dije que iba a subir, pero se empeñó en ver a María. Como no me gusta discutir, y además estaba un poco bajo de moral, accedí contra mi propia voluntad. Casi todo lo que hago últimamente es en contra de mi voluntad. En contra de mi mismo. Subimos juntos por las escaleras de madera en penumbra, y al llegar al rellano, no me lo podía creer. Me encontraba allí, junto a un tipo desconocido y borracho, que se había empeñado en acompañarme a casa de mi querida María. Es increíble lo que le puede llegar a suceder a uno. Abrí la puerta con la llave, y entramos los dos en silencio. Le invité a sentarse un momento en una silla del salón, mientras yo me acercaba hasta la habitación en la que ella dormía. Continuaba igual que cuando me marché. Me acerqué para mirar su rostro, y fue en ese instante cuando me di cuenta de que el borracho de la paella, estaba justo detrás de mí, mirando por encima de mi hombro. Inmediatamente, nada más verla allí en la cama, dijo que iba a llamar a la policía, a la vez que se ponía muy pálido y me miraba fijamente algo desconcertado. No estaba acostumbrado a esto. Le di un empujón que hizo que se tambaleara, hasta que finalmente se desplomó, quedándose sentado en el suelo. Le estampé una botella de cerveza de litro en la cabeza, ya que fue lo que encontré más a mano, y como la botella no se rompía, le di varios botellazos hasta que el cristal estalló en mil pedazos. Aún respiró unos minutos, pero de pronto dejó de hacerlo igual que le había pasado a María. Le quité el dinero que llevaba encima, y el documento de identidad, me puse el reloj de pulsera, que había olvidado en la mesilla de noche, cogí mi revista literaria y me marché de allí con una extraña sensación en el cuerpo. Notaba algo extraño dentro de mi. Bajé por las oscuras escaleras de madera al portal. Aún quedaban unas horas para que amaneciese. Según iba caminando por la acera, empecé a sentirme mejor. Muchas veces me pasa que noto que estoy a punto de marearme. Incluso la vista se me llega a nublar algo, pero en cuanto me da un poco el aire me encuentro mejor. Me fijé en otro portal. Era el número 23 y me quedé pensativo, ya que recordé que este número, según Guillermo Bali, cubano experto en fractales, del que me he leído todos sus libros, es el número más repetido de la naturaleza. Además es un número primo. El portal estaba abierto. Entré y subí por la escalera hasta el primer piso. Llamé a la letra “A” .
“UN PÁJARO SIEMPRE BUSCA SALIR DE SU CASCARÓN. EL CASCARÓN ES SU MUNDO. AQUEL QUE QUIERE NACER DEBE DESTRUIR UN MUNDO. (HERMAN HESSE)
ARTICULO DEL AUTOR APARECIDO EN DIARIO IRREVERENTE

EL AUTOR EN LA EMISORA DE RADIO MORATA, EN MORATA DE TAJUÑA.
CREAR EL UNIVERSO. ¿PARA QUÉ?
Enlazando con la teoría de que todo el universo fue creado, y se fue modificando lentamente durante miles de millones de años, buscando la racionalidad, con el objetivo de que se dieran las circunstancias para que el hombre pudiera aparecer, teoría que no me parece nada verosímil por el tufo excesivamente antropocéntrico que tiene, me pierdo intentando razonar, cuando me pregunto con el mismo planteamiento, qué es lo que yo pinto aquí. Quizás toda mi vida, la de mis padres y hermanos, la vida de mis abuelos y hasta el accidente que tuve al caerme por las escaleras de mi casa montado en un triciclo cuando tenía 3 años, han ocurrido para que termine escribiendo estas líneas, que lo mismo son las líneas fundamentales de toda mi vida. Y a lo mejor, saltándome millones de años, realmente estas líneas han venido a mi imaginación y a mi memoria, con el objetivo de ser escritas con este rotulador, en este papel de este cuaderno negro, para terminar poniendo cuando termine el punto y final. ¿Quién sabe si todo el universo existe, para que mi rotulador se pose sobre el papel, y dibuje ese punto negro, después de la última palabra. Y como últimamente había adelgazando mucho y me sentía bastante solo, decidí comprarme una mascota. Entre los candidatos, perros, gatos, salamandras o periquitos, al final opté por un cerdo vietnamita. Son animales cariñosos y limpios, que no dan mucho trabajo. Y mientras el empleado de la tienda de mascotas pasaba la tarjeta de mi banco por el aparato correspondiente, también me planteaba si todo el universo fue creado para que aquel cerdo fuera a parar a mi casa. Todo son conjeturas y preguntas. La mayoría no tienen respuesta, y parece que intentar encontrarla, puede ser un síntoma de un cierto trastorno mental, e incluso la búsqueda ansiosa de respuestas, puede conducir directamente a la enfermedad. Menos mal que, como dice una maravillosa frase que leí en una novela: “tarde o temprano se deja de hablar del asunto”, y así la cabeza puede descansar de estas dudas y plantearse otras nuevas no mejores sino distintas. Dudas como la que se le planteó a una tal Palmira cuando decidió romper la relación que mantenía por correspondencia con un tal Julio José. Le envió una carta llena de cariño, en la que le explicaba que no podía seguir con aquella relación, que ya duraba nueve años, ya que al no materializarse nunca debido a la distancia, a ella le parecía que era una relación sin sentido y vacía, teniendo en cuenta la necesidad que tenemos los humanos de, al menos, mantener con nuestros congéneres un contacto mínimo visual. De acuerdo que las cartas de Julio José estaban cargadas de frases que incendiaban el corazón de Palmira, pero cuando el número de cartas se aproximaba a trescientas, a Palmira le empezó a parecer que aquello era ya un poco absurdo. Julio José, como siempre hacía, contestó a vuelta de correo. Ella cogió el sobre, lo abrió y se encontró con sesenta y tres fotos de mujeres diversas. Los primeros minutos de contemplación de todas aquellas caras, fueron para Palmira minutos de pura perplejidad, pero enseguida empezó a comprender que Julio José, esta vez, no había pecado de falta de sinceridad. El texto era breve: “Querida Palmira, te ruego que escojas tu fotografía y me devuelvas el resto, ya que de momento quiero conservarlas”. Ella tiró a la basura el sobre entero con todas las fotografías, y se preguntó si en los últimos veinte años había hecho algo que hubiese salido realmente bien. Pero el universo fue creado para que yo, persona aficionada a veces, cuando me acuerdo o me viene bien, a revolver en las basuras ajenas, me encontrase aquella tarde de hace diez años, un sobre con sesenta y tres fotos de mujeres, con el nombre, los apellidos y la dirección escritos en el reverso de cada una de ellas cuidadosamente. Tardé varias semanas en estudiar de forma minuciosa cada una de las caras de todas aquellas chicas. Algunas eran guapas, y a estas las aparté del resto. Al final, después de muchas dudas, seleccioné a tres de todas aquellas mujeres y mandé, a cada una de ellas, una carta invitándolas a entablar una nueva relación epistolar conmigo. Mientras tanto mi cerdo y yo, atravesábamos con mucha dificultad los caminos que conducen a los seres vivos a la felicidad. Él tenía costumbres relativas a la higiene, que no eran del todo compatibles con las mías, y esto provocaba la aparición entre nosotros de serios enfrentamientos, e intentos por mi parte de la ruptura de la relación establecida, pero todo lo íbamos superando con paciencia y cariño. Al cabo de dos meses, como no había recibido respuesta de ninguna de las mujeres, me di cuenta de que la única que podría estar a mi alcance, debido a que éramos vecinos, era la propia Palmira. Así es que una tarde lluviosa, con el sobre lleno de fotografías debajo del brazo, llamé a su puerta y me presenté, intentándole explicar todo lo ocurrido. Ni que decir tiene, que le pido a usted, como lector, que suspenda su sentido de la incredulidad por unos instantes, a pesar de que sé que a estas alturas habrá puesto ya en marcha los mecanismos que conducen a tirar este relato a la papelera y no seguir leyendo.
Palmira a fecha de hoy es mi esposa. Es lo bueno que tiene el ser humano. Es capaz de inventarse algo increíble, y encima es capaz de creérselo y obrar en consecuencia, y de esto se podrían poner cientos de ejemplos. Palmira y yo nos inventamos la idea de que era maravilloso el que yo hubiese encontrado aquellas fotos en la basura, y de esta forma nos hubiéramos conocido. Nos lo inventamos, nos los creímos los dos, y obramos en consecuencia. Newton decía que lo que sabemos es sólo una gota de agua y lo que ignoramos es el océano entero. Nosotros con nuestra gota de agua, nos fuimos apañando unos años, nadando en ella por turnos como podíamos. Pero hoy es el día en el que le voy a devolver a Palmira las sesenta y tres fotos, de forma que podrá contar que a ella esto le ha ocurrido dos veces en su vida, lo que no deja de tener un cierto mérito. Voy a dejar a Palmira, porque no la soporto más.
Así es que mi cerdo vietnamita, por el que parece que no pasan los años, y yo, volvemos a estar solos, el uno con el otro. Pero mis esperanzas o mis ilusiones ahora están puestas en una de las tres mujeres que seleccioné hace nueve años de aquellas fotos. Se llama Amelia. Después de nueve años y medio, recibí una carta de ella, interesándose por mí. Me contaba que había tardado todo este tiempo en pensárselo, cosa que no me extrañó en absoluto, teniendo en cuenta lo elástica que es la dimensión del tiempo, y lo extraña que es la memoria, pero que por fin se había decidido, venciendo a todas sus dudas. Durante los últimos meses, sin que Palmira se diera cuenta, nos hemos estado escribiendo y casi sin quererlo, me he ido sintiendo cada vez más atraído por Amelia. Reconozco que yo también tengo muchas dudas, ya que, por experiencia sé, que no siempre las cosas salen bien, cuando te fías de una simple foto, Además lo de que la cara es el espejo del alma, no especifica del alma de quien, por lo que escribiendo a Amelia, sé que me aventuro por terrenos que sin duda, si no lo son, se convertirán pronto en resbaladizos, casi con toda seguridad. Como me ha pasado en otras ocasiones, me he inventado a Amelia. Me la he inventado y me la he creído y ahora quiero obrar en consecuencia.
A Amelia, en una de las cartas, le conté lo de mi cerdo vietnamita. De momento no ha dicho nada al respecto, seguramente porque es como yo, que me conformo con no saber nada o con saber sólo cosas falsas. Aunque ella si que me hace preguntas que, a veces, son algo inquietantes, como por ejemplo su duda de por qué Alberto Durero se pintó en su autorretrato con guantes. Yo creo que Amelia y yo vamos por el buen camino, y mi cerdo JJ nos acompañara. Él si que sabe para qué se creo el universo.
Enlazando con la teoría de que todo el universo fue creado, y se fue modificando lentamente durante miles de millones de años, buscando la racionalidad, con el objetivo de que se dieran las circunstancias para que el hombre pudiera aparecer, teoría que no me parece nada verosímil por el tufo excesivamente antropocéntrico que tiene, me pierdo intentando razonar, cuando me pregunto con el mismo planteamiento, qué es lo que yo pinto aquí. Quizás toda mi vida, la de mis padres y hermanos, la vida de mis abuelos y hasta el accidente que tuve al caerme por las escaleras de mi casa montado en un triciclo cuando tenía 3 años, han ocurrido para que termine escribiendo estas líneas, que lo mismo son las líneas fundamentales de toda mi vida. Y a lo mejor, saltándome millones de años, realmente estas líneas han venido a mi imaginación y a mi memoria, con el objetivo de ser escritas con este rotulador, en este papel de este cuaderno negro, para terminar poniendo cuando termine el punto y final. ¿Quién sabe si todo el universo existe, para que mi rotulador se pose sobre el papel, y dibuje ese punto negro, después de la última palabra. Y como últimamente había adelgazando mucho y me sentía bastante solo, decidí comprarme una mascota. Entre los candidatos, perros, gatos, salamandras o periquitos, al final opté por un cerdo vietnamita. Son animales cariñosos y limpios, que no dan mucho trabajo. Y mientras el empleado de la tienda de mascotas pasaba la tarjeta de mi banco por el aparato correspondiente, también me planteaba si todo el universo fue creado para que aquel cerdo fuera a parar a mi casa. Todo son conjeturas y preguntas. La mayoría no tienen respuesta, y parece que intentar encontrarla, puede ser un síntoma de un cierto trastorno mental, e incluso la búsqueda ansiosa de respuestas, puede conducir directamente a la enfermedad. Menos mal que, como dice una maravillosa frase que leí en una novela: “tarde o temprano se deja de hablar del asunto”, y así la cabeza puede descansar de estas dudas y plantearse otras nuevas no mejores sino distintas. Dudas como la que se le planteó a una tal Palmira cuando decidió romper la relación que mantenía por correspondencia con un tal Julio José. Le envió una carta llena de cariño, en la que le explicaba que no podía seguir con aquella relación, que ya duraba nueve años, ya que al no materializarse nunca debido a la distancia, a ella le parecía que era una relación sin sentido y vacía, teniendo en cuenta la necesidad que tenemos los humanos de, al menos, mantener con nuestros congéneres un contacto mínimo visual. De acuerdo que las cartas de Julio José estaban cargadas de frases que incendiaban el corazón de Palmira, pero cuando el número de cartas se aproximaba a trescientas, a Palmira le empezó a parecer que aquello era ya un poco absurdo. Julio José, como siempre hacía, contestó a vuelta de correo. Ella cogió el sobre, lo abrió y se encontró con sesenta y tres fotos de mujeres diversas. Los primeros minutos de contemplación de todas aquellas caras, fueron para Palmira minutos de pura perplejidad, pero enseguida empezó a comprender que Julio José, esta vez, no había pecado de falta de sinceridad. El texto era breve: “Querida Palmira, te ruego que escojas tu fotografía y me devuelvas el resto, ya que de momento quiero conservarlas”. Ella tiró a la basura el sobre entero con todas las fotografías, y se preguntó si en los últimos veinte años había hecho algo que hubiese salido realmente bien. Pero el universo fue creado para que yo, persona aficionada a veces, cuando me acuerdo o me viene bien, a revolver en las basuras ajenas, me encontrase aquella tarde de hace diez años, un sobre con sesenta y tres fotos de mujeres, con el nombre, los apellidos y la dirección escritos en el reverso de cada una de ellas cuidadosamente. Tardé varias semanas en estudiar de forma minuciosa cada una de las caras de todas aquellas chicas. Algunas eran guapas, y a estas las aparté del resto. Al final, después de muchas dudas, seleccioné a tres de todas aquellas mujeres y mandé, a cada una de ellas, una carta invitándolas a entablar una nueva relación epistolar conmigo. Mientras tanto mi cerdo y yo, atravesábamos con mucha dificultad los caminos que conducen a los seres vivos a la felicidad. Él tenía costumbres relativas a la higiene, que no eran del todo compatibles con las mías, y esto provocaba la aparición entre nosotros de serios enfrentamientos, e intentos por mi parte de la ruptura de la relación establecida, pero todo lo íbamos superando con paciencia y cariño. Al cabo de dos meses, como no había recibido respuesta de ninguna de las mujeres, me di cuenta de que la única que podría estar a mi alcance, debido a que éramos vecinos, era la propia Palmira. Así es que una tarde lluviosa, con el sobre lleno de fotografías debajo del brazo, llamé a su puerta y me presenté, intentándole explicar todo lo ocurrido. Ni que decir tiene, que le pido a usted, como lector, que suspenda su sentido de la incredulidad por unos instantes, a pesar de que sé que a estas alturas habrá puesto ya en marcha los mecanismos que conducen a tirar este relato a la papelera y no seguir leyendo.
Palmira a fecha de hoy es mi esposa. Es lo bueno que tiene el ser humano. Es capaz de inventarse algo increíble, y encima es capaz de creérselo y obrar en consecuencia, y de esto se podrían poner cientos de ejemplos. Palmira y yo nos inventamos la idea de que era maravilloso el que yo hubiese encontrado aquellas fotos en la basura, y de esta forma nos hubiéramos conocido. Nos lo inventamos, nos los creímos los dos, y obramos en consecuencia. Newton decía que lo que sabemos es sólo una gota de agua y lo que ignoramos es el océano entero. Nosotros con nuestra gota de agua, nos fuimos apañando unos años, nadando en ella por turnos como podíamos. Pero hoy es el día en el que le voy a devolver a Palmira las sesenta y tres fotos, de forma que podrá contar que a ella esto le ha ocurrido dos veces en su vida, lo que no deja de tener un cierto mérito. Voy a dejar a Palmira, porque no la soporto más.
Así es que mi cerdo vietnamita, por el que parece que no pasan los años, y yo, volvemos a estar solos, el uno con el otro. Pero mis esperanzas o mis ilusiones ahora están puestas en una de las tres mujeres que seleccioné hace nueve años de aquellas fotos. Se llama Amelia. Después de nueve años y medio, recibí una carta de ella, interesándose por mí. Me contaba que había tardado todo este tiempo en pensárselo, cosa que no me extrañó en absoluto, teniendo en cuenta lo elástica que es la dimensión del tiempo, y lo extraña que es la memoria, pero que por fin se había decidido, venciendo a todas sus dudas. Durante los últimos meses, sin que Palmira se diera cuenta, nos hemos estado escribiendo y casi sin quererlo, me he ido sintiendo cada vez más atraído por Amelia. Reconozco que yo también tengo muchas dudas, ya que, por experiencia sé, que no siempre las cosas salen bien, cuando te fías de una simple foto, Además lo de que la cara es el espejo del alma, no especifica del alma de quien, por lo que escribiendo a Amelia, sé que me aventuro por terrenos que sin duda, si no lo son, se convertirán pronto en resbaladizos, casi con toda seguridad. Como me ha pasado en otras ocasiones, me he inventado a Amelia. Me la he inventado y me la he creído y ahora quiero obrar en consecuencia.
A Amelia, en una de las cartas, le conté lo de mi cerdo vietnamita. De momento no ha dicho nada al respecto, seguramente porque es como yo, que me conformo con no saber nada o con saber sólo cosas falsas. Aunque ella si que me hace preguntas que, a veces, son algo inquietantes, como por ejemplo su duda de por qué Alberto Durero se pintó en su autorretrato con guantes. Yo creo que Amelia y yo vamos por el buen camino, y mi cerdo JJ nos acompañara. Él si que sabe para qué se creo el universo.
ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN DIARIO IRREVERENTE
UNOS DIAS EN VENECIA
Tengo delante de mis ojos, muy cerca, una pequeña acuarela. Se trata de una embarcación de unos cuatro o cinco metros, que flota sobre el agua casi verde. A la derecha hay una playa de arena que parece rosa, y el fondo es un cielo azul, limpio e inmenso. No se ve el sol, y nada permite deducir la temperatura, aunque en la pintura parece que es que es verano. El cuadro es sencillo. No contiene muchos elementos, pero la contemplación de su belleza, me ha hecho recordar como vino a parar a mis manos. Fue en un viaje a Venecia. Una ciudad, que con el paso de los años, de los siglos, sigue siendo misteriosa; sigue siendo la misma. Pasear por sus calles, perderse por ellas, contemplar sus viejos palacios y observar como el agua lame el umbral de sus puertas, ver como las gentes caminan por sus luces y por sus sombras, admiradas de tanto esplendor. Todo eso y mucho más, me recuerda este pequeño cuadrito, que enmarqué al volver de aquel viaje a la Serenísima República de Venecia. Allí conocí a Antonio, el pintor. Se ponía todas las mañanas en una calle, con su caballete y sus pinceles, a eso de las once, a pintar hermosos paisajes como el que tengo ahora encima de la mesa. Eran paisajes inventados, sin modelo, porque Antonio se sabía Venecia de memoria. No necesitaba ponerse delante del Lido para dibujarlo. Lo tenía grabado en su retina, y no tenía más que proyectar en el cuadro, lo que su imaginación o su memoria veían con claridad. Antonio tuvo el privilegio de nacer en Venecia, algo que pocos mortales se pueden permitir. Le conocí justo al salir del museo Vivaldi, otro Antonio. Estaba allí sentado en su banqueta, pintando pausadamente, cualquier paisaje Veneciano y yo me quedé mirándole. Me acerqué por su espalda, ya que se ponía así para que los turistas como yo, pudieran ver sus obras, y asistí al nacimiento, a los primeros trazos del cuadro que tengo ahora encima de la mesa. Antonio hacía poesía con su pintura. Todos sus cuadros, extendidos a su alrededor por el suelo, tenían una magia especial. Yo no soy capaz de describir esa magia porque no soy especialista en “EKFRASIS”, que es la descripción en poesía o en prosa de un objeto artístico. Pero puedo decir que él pintaba luces y colores que eran palabras. Los ingleses le han dado un nombre a esto: “word painting” y por ejemplo escritores como Carlos Dickens cultivaron la pintura de palabras. Incluso recuerdo un pasaje de “En busca del tiempo perdido” de Proust, en el que Bergotte, un escritor que estaba enfermo, decide ir a ver un cuadro, nada menos que de Vermer, concretamente uno llamado “La vista de Delf”, para fijarse en un detalle concreto; un fragmento de tela pintado de amarillo. Proust era así, que le vamos a hacer. Pero yo, aunque lo pueda parecer, hoy no quiero hablar de pintura, sino que escribo para hablar de Antonio.
Como me quedé muy impresionada por sus pinturas callejeras, fui a buscarle al mismo lugar al día siguiente. Caminé por las calles de Venecia, segura de que le iba a encontrar, pero al llegar a la plaza en donde se encuentra el museo Vivaldi, Antonio no estaba. Pregunté en un café cercano, y me dijeron que nunca se ponía en el mismo sitio. Así es que me puse a caminar, hasta que, al doblar una esquina cercana, le vi. La escena era la misma. Continuaba pintando mi cuadro que había avanzado poco. Parecía que le estaba dando una segunda capa de color a la pintura. Pintaba en capas, como escriben muchos escritores, que van cubriendo el relato con capas de palabras, haciéndolo cada vez más denso. Volví a acercarme a él, que inmediatamente me reconoció, diciéndome: “Señorita, vuelve usted a ver mi cuadro. Eso es que le ha gustado”. Me contó que había nacido en Venecia, pero que por motivos de comodidad vivía en una ciudad cercana. Venía todos los días en barco a pintar, salvo que hiciera mal tiempo. Me preguntó mi nombre, y me dijo el suyo. Antonio.
Como estábamos cerca del museo Vivaldi, se escuchaban acordes de las cuatro estaciones. Antonio a veces se callaba, e intentaba concentrarse en su pintura. Yo me quedaba mirando su técnica, observando como mezclaba los colores delicadamente con los pinceles. De repente paraba, me miraba a los ojos, y comenzaba de nuevo a hablarme. Aquella mañana me habló de Freud, del que conocía sus obras con detalle minucioso. Antonio era psicoanalista, pero decidió un día dejar su consulta, para dedicarse a pintar cuadros en Venecia, y vivir de los turistas que, como yo, le compraban cada día sus pequeñas obras. En el capítulo primero de “Psicopatología de la vida cotidiana, Freud cuenta que un día se sorprendió porque no podía recordar el nombre del artista que pintó los frescos del juicio final, en la catedral de Orvieto. Creía que era Boticelli, aunque sabía que no era él. Un día por fin lo recordó. El nombre correcto era Signorelli. El motivo del olvido, según él, era la puesta en marcha del mecanismo de defensa capaz de censurar una palabra que, por algún motivo, ha quedado asociada a algún acontecimiento traumático, como era el caso de la palabra “señor”.
Al atardecer del tercer día, cogimos un barco para salir de Venecia, que nos llevó a casa de Antonio. Como no habíamos comido, preparó una ensalada con pasta y descorchó una botella de vino. Más tarde hicimos el amor. Después me enseñó sus cuadros, de los que la casa estaba llena. Todos tenían atrapada la luz de Venecia.
Napoleón Bonaparte, pasó una temporada en Venecia, después de invadirla en el año 1.797, y cada noche copulaba con una Veneciana, porque decía que aquellas mujeres tenían los mejores orgasmos de Europa. Una de ellas, María Signorelli, consiguió echar raíces en el corazón del general, que estuvo a punto de abandonar a su mujer, y llevarse a María a París, pero tuvo que repartir Venecia entre Francia y Austria, y María no se lo perdonó. Napoleón se despidió de ella dando una lujosa fiesta. Una historia en tres partes, como las obras de Vivaldi. La primera un allegro, la segunda parte largo y piannísimo y la tercera de nuevo un allegro. El conjunto, casi siempre resulta triste, y aunque la música comience “forte”, tiende a terminar “piano”, como la vida misma.
Al día siguiente, no encontré a Antonio. No le volví a ver nunca más. Mi pintor veneciano, se había esfumado entre todos aquellos canales. Recorrí las calles todos los días que quedaban de mi estancia en Venecia, pero Antonio no apareció. El último día fui a su casa a llamar a su puerta. Al escuchar el timbre, un vecino salió al rellano, y pronunció con dificultad mi nombre, preguntándome si era yo misma. Me entregó entonces un pequeño paquete de papel de estraza, que contenía el cuadro que Antonio estaba pintando la mañana que le conocí. El vecino me dijo que Antonio, en cuanto conseguía el suficiente dinero, se marchaba largas temporadas a vivir a Roma, en donde al parecer tenía familia.
El cuadro que me regaló, fue el único recuerdo que pude salvar. Ahora han pasado los años, y de vez en cuando me pongo a mirarlo conscientemente, para que aquellos recuerdos tan dulces, me vengan a la memoria, invadiéndome cualquier tarde que ya daba por perdida. Y es que recordar siempre es un placer.
Tengo delante de mis ojos, muy cerca, una pequeña acuarela. Se trata de una embarcación de unos cuatro o cinco metros, que flota sobre el agua casi verde. A la derecha hay una playa de arena que parece rosa, y el fondo es un cielo azul, limpio e inmenso. No se ve el sol, y nada permite deducir la temperatura, aunque en la pintura parece que es que es verano. El cuadro es sencillo. No contiene muchos elementos, pero la contemplación de su belleza, me ha hecho recordar como vino a parar a mis manos. Fue en un viaje a Venecia. Una ciudad, que con el paso de los años, de los siglos, sigue siendo misteriosa; sigue siendo la misma. Pasear por sus calles, perderse por ellas, contemplar sus viejos palacios y observar como el agua lame el umbral de sus puertas, ver como las gentes caminan por sus luces y por sus sombras, admiradas de tanto esplendor. Todo eso y mucho más, me recuerda este pequeño cuadrito, que enmarqué al volver de aquel viaje a la Serenísima República de Venecia. Allí conocí a Antonio, el pintor. Se ponía todas las mañanas en una calle, con su caballete y sus pinceles, a eso de las once, a pintar hermosos paisajes como el que tengo ahora encima de la mesa. Eran paisajes inventados, sin modelo, porque Antonio se sabía Venecia de memoria. No necesitaba ponerse delante del Lido para dibujarlo. Lo tenía grabado en su retina, y no tenía más que proyectar en el cuadro, lo que su imaginación o su memoria veían con claridad. Antonio tuvo el privilegio de nacer en Venecia, algo que pocos mortales se pueden permitir. Le conocí justo al salir del museo Vivaldi, otro Antonio. Estaba allí sentado en su banqueta, pintando pausadamente, cualquier paisaje Veneciano y yo me quedé mirándole. Me acerqué por su espalda, ya que se ponía así para que los turistas como yo, pudieran ver sus obras, y asistí al nacimiento, a los primeros trazos del cuadro que tengo ahora encima de la mesa. Antonio hacía poesía con su pintura. Todos sus cuadros, extendidos a su alrededor por el suelo, tenían una magia especial. Yo no soy capaz de describir esa magia porque no soy especialista en “EKFRASIS”, que es la descripción en poesía o en prosa de un objeto artístico. Pero puedo decir que él pintaba luces y colores que eran palabras. Los ingleses le han dado un nombre a esto: “word painting” y por ejemplo escritores como Carlos Dickens cultivaron la pintura de palabras. Incluso recuerdo un pasaje de “En busca del tiempo perdido” de Proust, en el que Bergotte, un escritor que estaba enfermo, decide ir a ver un cuadro, nada menos que de Vermer, concretamente uno llamado “La vista de Delf”, para fijarse en un detalle concreto; un fragmento de tela pintado de amarillo. Proust era así, que le vamos a hacer. Pero yo, aunque lo pueda parecer, hoy no quiero hablar de pintura, sino que escribo para hablar de Antonio.
Como me quedé muy impresionada por sus pinturas callejeras, fui a buscarle al mismo lugar al día siguiente. Caminé por las calles de Venecia, segura de que le iba a encontrar, pero al llegar a la plaza en donde se encuentra el museo Vivaldi, Antonio no estaba. Pregunté en un café cercano, y me dijeron que nunca se ponía en el mismo sitio. Así es que me puse a caminar, hasta que, al doblar una esquina cercana, le vi. La escena era la misma. Continuaba pintando mi cuadro que había avanzado poco. Parecía que le estaba dando una segunda capa de color a la pintura. Pintaba en capas, como escriben muchos escritores, que van cubriendo el relato con capas de palabras, haciéndolo cada vez más denso. Volví a acercarme a él, que inmediatamente me reconoció, diciéndome: “Señorita, vuelve usted a ver mi cuadro. Eso es que le ha gustado”. Me contó que había nacido en Venecia, pero que por motivos de comodidad vivía en una ciudad cercana. Venía todos los días en barco a pintar, salvo que hiciera mal tiempo. Me preguntó mi nombre, y me dijo el suyo. Antonio.
Como estábamos cerca del museo Vivaldi, se escuchaban acordes de las cuatro estaciones. Antonio a veces se callaba, e intentaba concentrarse en su pintura. Yo me quedaba mirando su técnica, observando como mezclaba los colores delicadamente con los pinceles. De repente paraba, me miraba a los ojos, y comenzaba de nuevo a hablarme. Aquella mañana me habló de Freud, del que conocía sus obras con detalle minucioso. Antonio era psicoanalista, pero decidió un día dejar su consulta, para dedicarse a pintar cuadros en Venecia, y vivir de los turistas que, como yo, le compraban cada día sus pequeñas obras. En el capítulo primero de “Psicopatología de la vida cotidiana, Freud cuenta que un día se sorprendió porque no podía recordar el nombre del artista que pintó los frescos del juicio final, en la catedral de Orvieto. Creía que era Boticelli, aunque sabía que no era él. Un día por fin lo recordó. El nombre correcto era Signorelli. El motivo del olvido, según él, era la puesta en marcha del mecanismo de defensa capaz de censurar una palabra que, por algún motivo, ha quedado asociada a algún acontecimiento traumático, como era el caso de la palabra “señor”.
Al atardecer del tercer día, cogimos un barco para salir de Venecia, que nos llevó a casa de Antonio. Como no habíamos comido, preparó una ensalada con pasta y descorchó una botella de vino. Más tarde hicimos el amor. Después me enseñó sus cuadros, de los que la casa estaba llena. Todos tenían atrapada la luz de Venecia.
Napoleón Bonaparte, pasó una temporada en Venecia, después de invadirla en el año 1.797, y cada noche copulaba con una Veneciana, porque decía que aquellas mujeres tenían los mejores orgasmos de Europa. Una de ellas, María Signorelli, consiguió echar raíces en el corazón del general, que estuvo a punto de abandonar a su mujer, y llevarse a María a París, pero tuvo que repartir Venecia entre Francia y Austria, y María no se lo perdonó. Napoleón se despidió de ella dando una lujosa fiesta. Una historia en tres partes, como las obras de Vivaldi. La primera un allegro, la segunda parte largo y piannísimo y la tercera de nuevo un allegro. El conjunto, casi siempre resulta triste, y aunque la música comience “forte”, tiende a terminar “piano”, como la vida misma.
Al día siguiente, no encontré a Antonio. No le volví a ver nunca más. Mi pintor veneciano, se había esfumado entre todos aquellos canales. Recorrí las calles todos los días que quedaban de mi estancia en Venecia, pero Antonio no apareció. El último día fui a su casa a llamar a su puerta. Al escuchar el timbre, un vecino salió al rellano, y pronunció con dificultad mi nombre, preguntándome si era yo misma. Me entregó entonces un pequeño paquete de papel de estraza, que contenía el cuadro que Antonio estaba pintando la mañana que le conocí. El vecino me dijo que Antonio, en cuanto conseguía el suficiente dinero, se marchaba largas temporadas a vivir a Roma, en donde al parecer tenía familia.
El cuadro que me regaló, fue el único recuerdo que pude salvar. Ahora han pasado los años, y de vez en cuando me pongo a mirarlo conscientemente, para que aquellos recuerdos tan dulces, me vengan a la memoria, invadiéndome cualquier tarde que ya daba por perdida. Y es que recordar siempre es un placer.
sábado, octubre 27, 2007
the lady of song

Relato del autor aparecido en la revista "IRREVERENTES"
THE LADY OF SONG
He ido a ver a Julia a su casa. Ya es muy mayor y esta última enfermedad le acerca aún más a la triste realidad, pero afortunadamente, poco a poco también se aleja de ella; de la realidad. Primero fueron los problemas de la vista. La operación de cataratas de un ojo que sale mal, el glaucoma en el otro ojo, y al final, el resultado es que no ve prácticamente nada. Y la ceguera combinada con tener más de ochenta años, es un mal cóctel que la ha dejado paralizada y con el ánimo un poco a oscuras. Alguien en una ocasión hace ya bastantes años, según dice ella un médico, le recomendó que se pusiera gafas de cristales casi opacos para que se protegiera de la luz, y aunque de esto debe hacer muchos años, aún las lleva siempre, de día y de noche. Gafas oscuras, que también esconden un poco su mirada turbia y distraída.
Por la mañana he estado escuchando la maravillosa voz de Ella Fitzgeral, y he decidido regalarle el disco a Julia ya que sé que le gusta mucho. Cuando cantaba la canción que voy escuchando mientras conduzco, con su voz poderosa y penetrante tenía ventitres años y en aquel momento acababa de adoptar a un niño. Muchos años después se quedó también ciega, como Julia, pero Ella F. se quedó ciega por la diabetes que nunca se trató hasta que fue demasiado mayor. Una nota detrás de otra, y después otra y otra más. Cuando la escucho a veces me falta un poco el aire. Parece que no va a llegar a la siguiente, pero como por milagro o brujería, saca fuerzas renovadas y sigue cantando, como si tuviese una reserva de aire guardada en su pecho, y además la última es si cabe la más potente. Se adivina que detrás de toda esa fuerza de la naturaleza, de esa potencia, además de haber un portento de nacimiento, está también la juventud. La voz que escucho fue grabada en 1.941. Yo aún no había nacido. Dicen que la juventud todo lo puede, y casi es verdad. Pero además, Ella Fitzgeral estaba dotada de una voz, con un rango vocal de nada menos que tres octavas. Un piano de tres octavas; imagínenselo desmontado encima de una mesa con todas sus teclas extendidas y revueltas sobre el tablero, e intenten pensar en que la voz portentosa de Ella F. abarcaba todas esas notas, todas esas teclas, desde la más grave a la más aguda. Julia, sin embargo está sana, no como le ocurrió a Ella Fitzgeral en sus últimos años. Julia es de esas mujeres que nunca han estado enfermas. Pero la vejez no perdona; no perdona a nadie. Se puede envejecer con dignidad o no, pero siempre se envejece. El marido de Julia murió hace muchos años como consecuencia de un accidente de tráfico. Se dice siempre en las noticias: “ha fallecido como consecuencia de un trágico accidente de tráfico”, y a continuación viene la noticia siguiente. Pero la vida queda paralizada en ese accidente; queda congelada y ya no sigue avanzando. Julia supo sobreponerse y como también se suele decir, “salió adelante” trabajando como modista para una famosa firma de la época. Hoy, evidentemente, ya no puede coser. La madre de Ella F. murió como consecuencia de un trágico accidente de tráfico en 1.932, cuando en España era verdaderamente difícil el morir como consecuencia de un accidente de tráfico. Era lavandera y se llamaba Temperance.
Dicen que los ciegos tienen una sensibilidad especial para la música; para los sonidos. Es lógico. También desarrollan especialmente el tacto y el oído. He conocido a ciegos que trabajan como fisioterapeutas y son muy cotizados debido a que sus manos tienen un toque especial. En los años cincuenta, la firma de ropa de moda, se llevaba a Julia a recorrer las mejores pasarelas de Europa en Roma, Londres y París, para que copiara con un lapicero, en un cuaderno apaisado, los modelos, que luego cortaba en el taller de la calle Preciados de Madrid. Su trabajo era muy cotizado, ya que se convirtió en una de las mejores cortadoras de España. El padre de Ella F. se llamaba Willian, y abandonó a Temperance la lavandera, cuando la niña era muy pequeña, por lo que, al morir la madre, la pequeña huérfana pasó al cuidado de su tía Virginia. Ella F. no necesitaba ser ciega para que todo su ser estuviera empapado por los cuatro costados de música. La ceguera le sobrevino mucho después; en los años noventa. Ella cantaba desde pequeña. El disco que le he traído a Julia de Ella Fitzgeral es una recopilación de canciones de amor: “Love songs”. Es el disco que venía escuchando por el camino y que ha hecho que entre en casa de Julia con los ojos un poco húmedos. He estado a punto de llorar, mientras lo escuchaba, dos o tres veces. Julia es aficionada a la música de EEUU de aquellos años. Escucha a Cole Porter, a Frank Sinatra, Duke Ellington y otros así. Todos ellos cantaron o grabaron discos con Ella F. .
Una tarde lluviosa, Julia se bajó del avión cuatrimotor, procedente de París, en Barajas. Inmediatamente miró hacia la barandilla del edificio de enfrente. Allí estaba siempre Guillermo esperándola, pero aquella tarde lluviosa en Barajas, Guillermo no estaba. Vio sin embargo a su cuñada. La vio de lejos; la vio enseguida, allí justo encima de la puerta de llegadas internacionales. Cruzó el control sintiendo como el corazón se desbocaba por la ansiedad y cuando se encontró con la hermana de Guillermo, adivinó que algo muy malo había pasado. El Morris se había estrellado contra un árbol en la carretera de Mejorada del Campo. La vida es así. No te avisa de nada. Te cambia los planes de pronto, y no te deja tiempo ni para pensarlo. Cogieron un taxi para regresar a casa con la bolsa llena de patrones dibujados al vuelo, con tizas de colores en papel de estraza y la cara llena de lágrimas.
Debutó como cantante a los 16 años, en 1.934 en el Harlem Apollo Theater en New York, ganando el concurso Amateur Night Shows con la canción Judy. Tenía tan solo 16 años y su voz ya era prodigiosa, y mientras suena su voz, he conseguido que Julia se concentre en la música, moviendo los pies al ritmo a la vez que escucha. Me da mucho gusto verla casi bailar con sus gafas de sol oscuras y sus ojos turbios. Y viéndola me acuerdo de que un día me enteré de que a Ella F. le habían dedicado un sello postal. Su cara viajaba ahora pegada en miles de cartas por todo el mundo. Julia hace mucho que no viaja. Prácticamente no sale de casa. Da un pequeño paseo alguna tarde, pero la mayoría de las veces no quiere salir. Creo que también he visto un sello de Martín Luther King y otro de Malcolm X, todos ellos de piel negra. Julia salió fotografiada en una revista en 1.970, mientras vestía a una modelo para un pase. En realidad fotografiaron el taller de costura más que a ella, pero salió casi en un primer plano arrodillada junto a la maniquí, como antes se las llamaba. Ya se decía entonces que estaban demasiado delgadas.
En 1.983, tuve el privilegio y el honor de verla actuar en el festival de Vitoria – Gastéiz. The first lady of song ya no era ni su sombra, pero actuó profesional y dignamente. Quedé para siempre enamorado de Ella F. y del Jazz.
El disco ha terminado, y mi visita a Julia también. “Me tengo que ir” digo en voz alta. El disco es para ti. Julia me ha dado un beso con los ojos casi cerrados y nos hemos despedido. De Ella F. me despedí un día de pronto. Me enteré de que había muerto, ya no recuerdo el año, creo que fue en 1994 más o menos. Y ese día me quedé para siempre sin Ella F. . Me lo dijeron en el Aeropuerto de Barajas, justo el lugar en donde he escrito esta pequeña nota, sentado en la sala de espera.
“Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida, y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas” Es parte de la letra de la canción “Las simples cosas” de Cesar Isella y Cuchi Leguizamón, aunque yo la recuerdo siempre cantada por Mercedes Sosa con su inconfundible y poderosa voz.
THE LADY OF SONG
He ido a ver a Julia a su casa. Ya es muy mayor y esta última enfermedad le acerca aún más a la triste realidad, pero afortunadamente, poco a poco también se aleja de ella; de la realidad. Primero fueron los problemas de la vista. La operación de cataratas de un ojo que sale mal, el glaucoma en el otro ojo, y al final, el resultado es que no ve prácticamente nada. Y la ceguera combinada con tener más de ochenta años, es un mal cóctel que la ha dejado paralizada y con el ánimo un poco a oscuras. Alguien en una ocasión hace ya bastantes años, según dice ella un médico, le recomendó que se pusiera gafas de cristales casi opacos para que se protegiera de la luz, y aunque de esto debe hacer muchos años, aún las lleva siempre, de día y de noche. Gafas oscuras, que también esconden un poco su mirada turbia y distraída.
Por la mañana he estado escuchando la maravillosa voz de Ella Fitzgeral, y he decidido regalarle el disco a Julia ya que sé que le gusta mucho. Cuando cantaba la canción que voy escuchando mientras conduzco, con su voz poderosa y penetrante tenía ventitres años y en aquel momento acababa de adoptar a un niño. Muchos años después se quedó también ciega, como Julia, pero Ella F. se quedó ciega por la diabetes que nunca se trató hasta que fue demasiado mayor. Una nota detrás de otra, y después otra y otra más. Cuando la escucho a veces me falta un poco el aire. Parece que no va a llegar a la siguiente, pero como por milagro o brujería, saca fuerzas renovadas y sigue cantando, como si tuviese una reserva de aire guardada en su pecho, y además la última es si cabe la más potente. Se adivina que detrás de toda esa fuerza de la naturaleza, de esa potencia, además de haber un portento de nacimiento, está también la juventud. La voz que escucho fue grabada en 1.941. Yo aún no había nacido. Dicen que la juventud todo lo puede, y casi es verdad. Pero además, Ella Fitzgeral estaba dotada de una voz, con un rango vocal de nada menos que tres octavas. Un piano de tres octavas; imagínenselo desmontado encima de una mesa con todas sus teclas extendidas y revueltas sobre el tablero, e intenten pensar en que la voz portentosa de Ella F. abarcaba todas esas notas, todas esas teclas, desde la más grave a la más aguda. Julia, sin embargo está sana, no como le ocurrió a Ella Fitzgeral en sus últimos años. Julia es de esas mujeres que nunca han estado enfermas. Pero la vejez no perdona; no perdona a nadie. Se puede envejecer con dignidad o no, pero siempre se envejece. El marido de Julia murió hace muchos años como consecuencia de un accidente de tráfico. Se dice siempre en las noticias: “ha fallecido como consecuencia de un trágico accidente de tráfico”, y a continuación viene la noticia siguiente. Pero la vida queda paralizada en ese accidente; queda congelada y ya no sigue avanzando. Julia supo sobreponerse y como también se suele decir, “salió adelante” trabajando como modista para una famosa firma de la época. Hoy, evidentemente, ya no puede coser. La madre de Ella F. murió como consecuencia de un trágico accidente de tráfico en 1.932, cuando en España era verdaderamente difícil el morir como consecuencia de un accidente de tráfico. Era lavandera y se llamaba Temperance.
Dicen que los ciegos tienen una sensibilidad especial para la música; para los sonidos. Es lógico. También desarrollan especialmente el tacto y el oído. He conocido a ciegos que trabajan como fisioterapeutas y son muy cotizados debido a que sus manos tienen un toque especial. En los años cincuenta, la firma de ropa de moda, se llevaba a Julia a recorrer las mejores pasarelas de Europa en Roma, Londres y París, para que copiara con un lapicero, en un cuaderno apaisado, los modelos, que luego cortaba en el taller de la calle Preciados de Madrid. Su trabajo era muy cotizado, ya que se convirtió en una de las mejores cortadoras de España. El padre de Ella F. se llamaba Willian, y abandonó a Temperance la lavandera, cuando la niña era muy pequeña, por lo que, al morir la madre, la pequeña huérfana pasó al cuidado de su tía Virginia. Ella F. no necesitaba ser ciega para que todo su ser estuviera empapado por los cuatro costados de música. La ceguera le sobrevino mucho después; en los años noventa. Ella cantaba desde pequeña. El disco que le he traído a Julia de Ella Fitzgeral es una recopilación de canciones de amor: “Love songs”. Es el disco que venía escuchando por el camino y que ha hecho que entre en casa de Julia con los ojos un poco húmedos. He estado a punto de llorar, mientras lo escuchaba, dos o tres veces. Julia es aficionada a la música de EEUU de aquellos años. Escucha a Cole Porter, a Frank Sinatra, Duke Ellington y otros así. Todos ellos cantaron o grabaron discos con Ella F. .
Una tarde lluviosa, Julia se bajó del avión cuatrimotor, procedente de París, en Barajas. Inmediatamente miró hacia la barandilla del edificio de enfrente. Allí estaba siempre Guillermo esperándola, pero aquella tarde lluviosa en Barajas, Guillermo no estaba. Vio sin embargo a su cuñada. La vio de lejos; la vio enseguida, allí justo encima de la puerta de llegadas internacionales. Cruzó el control sintiendo como el corazón se desbocaba por la ansiedad y cuando se encontró con la hermana de Guillermo, adivinó que algo muy malo había pasado. El Morris se había estrellado contra un árbol en la carretera de Mejorada del Campo. La vida es así. No te avisa de nada. Te cambia los planes de pronto, y no te deja tiempo ni para pensarlo. Cogieron un taxi para regresar a casa con la bolsa llena de patrones dibujados al vuelo, con tizas de colores en papel de estraza y la cara llena de lágrimas.
Debutó como cantante a los 16 años, en 1.934 en el Harlem Apollo Theater en New York, ganando el concurso Amateur Night Shows con la canción Judy. Tenía tan solo 16 años y su voz ya era prodigiosa, y mientras suena su voz, he conseguido que Julia se concentre en la música, moviendo los pies al ritmo a la vez que escucha. Me da mucho gusto verla casi bailar con sus gafas de sol oscuras y sus ojos turbios. Y viéndola me acuerdo de que un día me enteré de que a Ella F. le habían dedicado un sello postal. Su cara viajaba ahora pegada en miles de cartas por todo el mundo. Julia hace mucho que no viaja. Prácticamente no sale de casa. Da un pequeño paseo alguna tarde, pero la mayoría de las veces no quiere salir. Creo que también he visto un sello de Martín Luther King y otro de Malcolm X, todos ellos de piel negra. Julia salió fotografiada en una revista en 1.970, mientras vestía a una modelo para un pase. En realidad fotografiaron el taller de costura más que a ella, pero salió casi en un primer plano arrodillada junto a la maniquí, como antes se las llamaba. Ya se decía entonces que estaban demasiado delgadas.
En 1.983, tuve el privilegio y el honor de verla actuar en el festival de Vitoria – Gastéiz. The first lady of song ya no era ni su sombra, pero actuó profesional y dignamente. Quedé para siempre enamorado de Ella F. y del Jazz.
El disco ha terminado, y mi visita a Julia también. “Me tengo que ir” digo en voz alta. El disco es para ti. Julia me ha dado un beso con los ojos casi cerrados y nos hemos despedido. De Ella F. me despedí un día de pronto. Me enteré de que había muerto, ya no recuerdo el año, creo que fue en 1994 más o menos. Y ese día me quedé para siempre sin Ella F. . Me lo dijeron en el Aeropuerto de Barajas, justo el lugar en donde he escrito esta pequeña nota, sentado en la sala de espera.
“Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida, y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas” Es parte de la letra de la canción “Las simples cosas” de Cesar Isella y Cuchi Leguizamón, aunque yo la recuerdo siempre cantada por Mercedes Sosa con su inconfundible y poderosa voz.
domingo, junio 03, 2007

El autor en la fiesta de Ediciones Irreverentes, celebrada en la casa de Cantabria en Junio de 2007
Primeros párrafos del relato del autor aparecido en el libro 13 para el 21
SON VENTANAS LAS PALABRAS
En los momentos más vibrantes parecía como si las manos del pianista no pudieran verse; los dedos corrían a toda velocidad, como si en el mismo segundo pretendiese tocar todas las teclas. Tuve aquel día la suerte de pasar por la puerta del auditorio, y fijarme sin querer en la programación. Vi que en la taquilla no había nadie esperando, y saqué una entrada para el concierto de piano de aquella misma tarde. Sin esperarlo, me encontré con una interpretación excepcional. Cuando te sucede algo extraordinario como este concierto de piano al que no esperaba asistir aquella misma mañana, es como si la imaginación ocupase el lugar de la realidad. La vida es más un sueño que otra cosa.
Hacía mucho que no acudía al auditorio a escuchar música, pero una serie de circunstancias, que no vienen al caso, hicieron que me acercara a las taquillas, y comprase la entrada de aquel concierto de piano. Y cuando la vendedora me dijo que quedaban muy pocas entradas, empecé a darme cuenta de que aquel concierto tenía algo de especial. El pianista era alemán y era de color, pero sobre todo era un virtuoso. Se sentó delante del piano, posó sus manos morenas sobre las teclas sin moverlas, y así permaneció inmóvil durante unos segundos, que a todos se nos hicieron eternos, hasta que de pronto, cuando ya nadie podía aguantar ni un momento más aquella extraña quietud en tensión, sus manos rompieron el silencio, y comenzaron a correr de un lado para el otro. A mi me consoló observar que mi emoción era compartida por casi todo el público; conteníamos todos la respiración para así dejar que el aire de la sala, pudiera emplearse entero en vibrar con las notas de aquel maravilloso piano negro de cola. Aquel enorme bloque de aire contenido en el interior del auditorio, se puso a la entera disposición de aquellas maravillosas manos que, con la única fuerza de sus dedos, parecía moverse invisible, al son de la música sin ninguna clase de pudor. No es la primera vez que me ocurre, pero aquella tarde, mientras escuchaba la música, me daba la sensación de que el aire era un ser vivo.
Parecen muy grandes esos pianos de concierto. Son instrumentos delicadísimos e increíbles. Tengo un amigo, German, que se dedica a transportarlos en una furgoneta acondicionada para ello. Los bajan y los suben, atados con gruesas cuerdas, que sujetan a fuertes poleas, por las fachadas de las casas, y cuando alguna vez paseando por las calles he presenciado un piano colgado en una fachada, no he podido evitar pensar en el enorme estrépito que se produciría si el delicado instrumento se desplomara sobre la acera desde un tercer o cuarto piso. Me contaba este amigo transportista, que los peores días para hacer este trabajo, son los días de mucho aire, ya que el piano se balancea peligrosamente, suspendido de las gruesas cuerdas, y el peligro real, es el de que se estampe contra la fachada de la casa, más que el de que se caiga al vacío. Dice que sólo le ha pasado una vez. Un piano de los grandes, empujado por el viento, rompió la cristalera de una terraza en un segundo piso, como si fuese un enorme péndulo, mientras los operarios impotentes, contemplaban la escena aterrorizados desde la acera, sin poder hacer absolutamente nada. En la casa, por suerte, no había nadie.
En los momentos más vibrantes parecía como si las manos del pianista no pudieran verse; los dedos corrían a toda velocidad, como si en el mismo segundo pretendiese tocar todas las teclas. Tuve aquel día la suerte de pasar por la puerta del auditorio, y fijarme sin querer en la programación. Vi que en la taquilla no había nadie esperando, y saqué una entrada para el concierto de piano de aquella misma tarde. Sin esperarlo, me encontré con una interpretación excepcional. Cuando te sucede algo extraordinario como este concierto de piano al que no esperaba asistir aquella misma mañana, es como si la imaginación ocupase el lugar de la realidad. La vida es más un sueño que otra cosa.
Hacía mucho que no acudía al auditorio a escuchar música, pero una serie de circunstancias, que no vienen al caso, hicieron que me acercara a las taquillas, y comprase la entrada de aquel concierto de piano. Y cuando la vendedora me dijo que quedaban muy pocas entradas, empecé a darme cuenta de que aquel concierto tenía algo de especial. El pianista era alemán y era de color, pero sobre todo era un virtuoso. Se sentó delante del piano, posó sus manos morenas sobre las teclas sin moverlas, y así permaneció inmóvil durante unos segundos, que a todos se nos hicieron eternos, hasta que de pronto, cuando ya nadie podía aguantar ni un momento más aquella extraña quietud en tensión, sus manos rompieron el silencio, y comenzaron a correr de un lado para el otro. A mi me consoló observar que mi emoción era compartida por casi todo el público; conteníamos todos la respiración para así dejar que el aire de la sala, pudiera emplearse entero en vibrar con las notas de aquel maravilloso piano negro de cola. Aquel enorme bloque de aire contenido en el interior del auditorio, se puso a la entera disposición de aquellas maravillosas manos que, con la única fuerza de sus dedos, parecía moverse invisible, al son de la música sin ninguna clase de pudor. No es la primera vez que me ocurre, pero aquella tarde, mientras escuchaba la música, me daba la sensación de que el aire era un ser vivo.
Parecen muy grandes esos pianos de concierto. Son instrumentos delicadísimos e increíbles. Tengo un amigo, German, que se dedica a transportarlos en una furgoneta acondicionada para ello. Los bajan y los suben, atados con gruesas cuerdas, que sujetan a fuertes poleas, por las fachadas de las casas, y cuando alguna vez paseando por las calles he presenciado un piano colgado en una fachada, no he podido evitar pensar en el enorme estrépito que se produciría si el delicado instrumento se desplomara sobre la acera desde un tercer o cuarto piso. Me contaba este amigo transportista, que los peores días para hacer este trabajo, son los días de mucho aire, ya que el piano se balancea peligrosamente, suspendido de las gruesas cuerdas, y el peligro real, es el de que se estampe contra la fachada de la casa, más que el de que se caiga al vacío. Dice que sólo le ha pasado una vez. Un piano de los grandes, empujado por el viento, rompió la cristalera de una terraza en un segundo piso, como si fuese un enorme péndulo, mientras los operarios impotentes, contemplaban la escena aterrorizados desde la acera, sin poder hacer absolutamente nada. En la casa, por suerte, no había nadie.
DÍGAME LA VERDAD
“Una mañana, minutos antes de que el despertador comenzase a sonar me levanté de la cama algo confundido.” Este podría ser un bonito comienzo para un relato. Es algo que a todos, alguna vez nos ha pasado. Despertarnos antes de que el despertador suene. Pero sigamos: “entonces me di cuenta de que los muebles de mi habitación eran otros; mi cama no era la misma, ni tampoco la mesilla de noche. La habitación entera había cambiado. Entonces fui hacia la ventana, cuyas cortinas me eran totalmente desconocidas y descubrí que el perfil del horizonte no era el de todos estos años, sino que era otro distinto”. Parece fácil. El protagonista puede estar aún soñando. Todavía no se ha despertado, pero él cree que ya ha terminado de dormir.
En una de mis novelas, ocurre algo muy curioso. En ella hablo de la propia escritura y en numerosas ocasiones, le hago un guiño al lector, diciendo que escribo esto o lo otro sencillamente porque es lo más conveniente, es decir, declaro que me lo estoy inventando todo sobre la marcha, sin ningún pudor. Y de este artificio literario que más o menos consiste en comunicarse desde el propio relato, de forma directa con el que lo está leyendo, proviene una interesante pregunta de un lector de esta revista, que me dice que si estas palabras son o no son fantasía, entonces están o no están dentro del propio relato. Yo reflexiono muchas veces sobre esto y me pregunto si las palabras escritas en literatura, pertenecen a la fantasía o son palabras de la propia realidad. Si en una novela afirmo que estoy enfermo, en realidad no quiero decir que esté enfermo, aunque realmente lo esté. Y a todo ello hay que añadir mi idea de que la literatura es a veces más real que la propia realidad. Con los sueños pasa algo parecido. Si digo “estoy soñando”, entonces no lo hago, como se suele hacer, de forma inconsciente, sino que sueño conscientemente y esto parece que es imposible. El filósofo Wittgenstein se preguntó si el verbo soñar se podía conjugar en primera persona del presente ya que nadie sabe nunca cuando está soñando. La prueba de que saber que estás soñando es imposible, es que muchos lo intentan, pero nadie lo ha conseguido hasta la fecha. Y los que dicen haberlo logrado, parece que o bien están un poco chalados o que se equivocan. El misterioso antropólogo Carlos Castaneda, propone una especie de truco para alcanzar sueños “iluminados”, es decir, conscientes. Se trata de buscarse las propias manos en el sueño. De forma que si por casualidad las encuentras en mitad de la noche, puedes saber así que estás soñando en ese momento. Con lo que podrías conjugar el verbo en presente: “yo sueño”. Pero sólo por esa vez.
Les ocurre a muchos verbos que la conjugación en primera persona del presente: “yo leo” por ejemplo, no requiere comprobación alguna, pero, sin embargo, en tercera persona: “el lee”, necesita de la verificación o comprobación. Por lo tanto, en esto, el verbo soñar es casi único ya que en ninguno de sus tiempos se está seguro de nada y soñar es algo que está muy unido a la literatura.
Confuso y complicado asunto este de la realidad y la no realidad. Freud definió el conocido “principio de realidad” por el que se trata de definir y separar el “yo”, lo más íntimo que tenemos, de lo exterior; del resto del mundo. Pero a pesar de esto nunca sabemos si lo que vivimos es real o forma parte de una ilusión creada por nosotros mismos. Nunca llegamos estar seguros de si tenemos “el principio de realidad” sano o algo alterado. Mucha gente anda confusa toda su vida, dudando de todo siempre. Y dudan precisamente porque saben los cálculos que hay que hacer para alcanzar la solución del problema. Conocen perfectamente el camino que lo aclara todo, pero no son capaces de seguirlo con claridad. Si no tuvieran ni idea de como hacerlo ni conocieran lo que es la realidad, no dudarían, ya que la ignorancia, exime siempre de cualquier duda y viviendo en la ignorancia se rodea uno de certezas. La literatura entonces, más que ensoñación, sería un maravilloso método para fijar la realidad y para calmar a los que dudan de todo, aportándonos al menos la trayectoria a seguir de uno de los caminos posibles; el que nos indica o nos va indicando la historia narrada en su transcurrir. Pero por otra parte, decir que una novela es la narración de un sueño, no es nada descabellado. Nuestras vidas se componen de sueños y realidad y casi siempre la parte de realidad es pequeña y la de los sueños es la más grande. Sin ellos no seríamos nadie. Por eso es tan importante leer y tener contacto con la literatura ya que al fin y al cabo es una forma de acercarse a la realidad, al propio yo, pero a través de la imaginación o de los sueños. Rosa Montero dice que las novelas son como sueños de los escritores. Cuando comienzas a escribir una te lanzas al vacío y muchas veces, durante el acto de la escritura, te encuentras por sorpresa a ti mismo en el texto que has escrito, en mitad de ese sueño, como si te estuvieses mirando a un espejo y te vieses allí reflejado. En muchas novelas encuentra uno sus propias manos.
Conservé la calma a pesar de que no entendía nada. Mi ropa estaba allí, doblada tal y como yo mismo la había dejado sobre la silla la noche anterior, aunque la silla, por supuesto era otra, no la de siempre. Entonces, intentando no ponerme nervioso, comencé a vestirme. Me senté en la cama para abrocharme los zapatos y me fijé en el dibujo de la pequeña alfombra. En ella se veía un palacio que parecía de mármol, sobre una loma. Detrás en el horizonte estaba la línea azul del mar. Sin abrocharme los zapatos volví a asomarme a la ventana y allí estaba el palacio sobre su loma, idéntico al de la alfombra. Detrás de él estaba el mar. Salí de la habitación muy confundido. En la sala había una mujer desconocida que me dio cariñosa los buenos días. Yo contesté asustado, pensando que se pondría a gritar al verme, pero no hizo nada y siguió con su tarea casi ignorándome. Me despedí de ella diciendo “hasta luego” un poco entre dientes y salí a la calle. En el bolsillo de mi chaqueta encontré las llaves del coche que estaba en la puerta del jardín y sin pensármelo dos veces me puse a conducir sin ningún rumbo, hasta que llegué a una tienda de colchones que me llamó la atención. Aparqué en la puerta, saludé a una mujer que parecía una empleada de la tienda que me estaba esperando para que abriese. Nos saludamos amablemente y abrí la puerta de la tienda con la llave que había encontrado en la guantera del automóvil, y pasamos los dos al interior del local. Todo esto lo hice lleno de dudas y temores pero simulando total seguridad para no despertar en nadie ninguna sospecha. Así comenzó para mí esta nueva vida que tanto me gusta. Han pasado ya nueve años desde aquel día en el que me desperté en mi nueva habitación y la verdad es que me siento muy feliz, sin ninguna gana de volver a mi vida anterior, cuyos recuerdos poco a poco se van esfumando en mi memoria. De hecho estoy casi seguro de que mi vida anterior no era más que un sueño del que me escapé minutos antes de que sonase el despertador. Por eso desde aquel día, aunque me despierte antes de tiempo, aprieto los ojos con fuerza y permanezco inmóvil en la cama, justo hasta que el despertador comienza a sonar. El único problema es que como siempre al levantarme, tengo que mirar por la ventana y además salgo de casa todos los días con los cordones de los zapatos desabrochados. No quiero volver a correr nunca más riesgos innecesarios.
miércoles, mayo 09, 2007

ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 4 DE LA REVISTA IRREVERENTES
TEATRO LEÍDO Y FLOTAR EN EL TIEMPO
He tardado un día exactamente en leerme “Catalina del demonio” una obra de teatro escrita por el maestro Francisco Nieva. Empecé por la mañana en el metro, aquí en Madrid, y terminé por la tarde en casa. Según define el propio Nieva, esta obra de teatro es de farsa y calamidad, escapándose de las etiquetas clásicas y las clasificaciones, costumbrismo, realismo, tragedia, comedia, etc. Aunque estoy seguro de que cualquier estudioso de textos dramáticos, sabría encasillar esta obra. Leer teatro constituye una experiencia distinta a presenciarlo como espectador. Cuando leemos una obra de teatro, nuestra imaginación es la que tiene que poner los decorados, hacer las pausas, escuchar las músicas, los sonidos y hasta incluso los aplausos. Leer teatro es un sanísimo ejercicio mental que recomiendo a cualquiera que se atreva a disfrutar de ese placer. Cuando leemos teatro, desaparecen el director y los actores, y nos enfrentamos al texto desnudo, en el que tampoco están el escenario o el vestuario. En su meditación sobre el marco, observaba Ortega entonces que la función del marco es ostentar el cuadro, y su eficacia se cifra no en atraer la mirada sobre sí, sino en condensarla, en vertirla en el cuadro. Por lo tanto, cuando leemos teatro, en realidad lo que está ocurriendo es que el marco de la representación desaparece, quedando el texto desnudo ante nuestros ojos, conviritiéndose así en una experiencia nueva y distinta.
Una vez más, como en todos mis artículos, me encuentro de frente con la idea de la literatura como fuente de imaginación inagotable, porque si dos personas que presencian la misma obra en un mismo escenario, pueden tener interpretaciones totalmente distintas, imagínense si uno de ellos no va al teatro físico, y se limita a leer en su casa la obra impresa en un libro como el que tengo delante de mi, encima de mi mesa. Esto, créanme, hace soñar a cualquiera, y más si el libro, como el mío está firmado por el autor. Nada menos que Don Francisco Nieva que, sonriente a sus ochenta años, me escribe de su puño y letra: “a mi tocayo Francisco con un fuerte abrazo”. No me gusta presumir ya que es algo totalmente contrario a mi personalidad, pero sé que tengo en mis manos una joya. Don Francisco Nieva es un hombre de nuestro tiempo, de mi tiempo. Nada de un abuelete despistado o con una medio demencia. Olvídense de los tópicos que asociamos a su edad. Es una persona despierta y que demuestra en cada palabra que, de lo que anda muy sobrado o nada escaso es de inteligencia. Al leer teatro, la representación mental de la obra crece dentro de nosotros mismos y entonces, liberada de su marco, la obra se convierte en pura metáfora que, como la etimología de la palabra indica, es llevar más allá, pero mucho más allá de la realidad con la que está construída. En el teatro existe la posiblidad de incorporarse y adentrarse en los dominios de lo irreal. De hecho el carácter esencial del teatro, y vuelvo a citar a Ortega, es su poder de creación de irrealidad. Y es por ahí, por esa puerta de la irrealidad, por la única por la que los humanos podemos escapar de nuestra realidad circunstancial, en la que muchas veces estamos incómodos y nos oprime hasta faltarnos el aire.
Acudí a la presentación del libro el día 21 de marzo de 2007, y gracias a que incomprensiblemente, apenas acudió nadie, tuve la inmensa suerte de que después se decidiera el tomar un cafetito con Don Francisco. Llegamos a un café cercano al lugar de la presentación, y nos sentamos en una mesa. Enfrente de mi se sentaron Miguel Angel de Rus y Francisco Nieva. Y una vez servidos los cafés comenzó el espectáculo. Un mano a mano entre estas dos personas; seres especiales de los de verdad. El uno director de una editorial; “Irreverentes” que publica libros como el de Nieva de una inmensa calidad indiscutible, y el otro, Francisco Nieva, académico de la lengua, los dos allí sentados frente a mi. Y empezaron a hablar de literatura, de libros. Lamenté enormemente el no haber traído conmigo un cuaderno, libreta, folio o cuartilla, para poder tomar notas de lo que allí se escuchaba. Le dieron un repaso entre los dos a la literatura del siglo XIX y principios del XX, que me dejó la boca abierta. Y me ha quedado claro, que quiero más. Que con personas así merece la pena estar. Que no pierdes el tiempo. Una heladora tarde de Madrid, el día que estrena su primavera, tan particular, es poquísimo tiempo para dedicárselo a dos intelectuales como ellos dos.
Dice Catalina, el personaje de “Catalina del Demonio”: “Yo era una pobre chica de provincias, que creía que lo mejor de la vida y el mundo eran las navidades y el agua de colonia.” Y cuando leí esta frase, más o menos a las cuatro de la tarde, me asusté al pensar si yo no vería así el mundo, como un frasquito de colonia en navidad. No quiero ni pensarlo. Para mi, hoy por hoy lo más importante de mi vida es la literatura y no quiero que se me pase esta afición y me de por el agua de colonia. He leído mucho teatro, debido a las pocas representaciones que se hacen. De Shakespeare creo que casi todo, de Tenessee Willians los mismo, algo de los clásicos como Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Esquilo. Me gusta leer a Samuel Becket, a Eugene O´Neill, Alfred Jarry, Bertlot Brech, Ionesco, Chejov, Ibsen, del que conservo una preciosa lámina en un café de Cristiana, después Oslo. También he leído teatro español y nombro aquí, levantándome de vez en cuando a mirar en la biblioteca, por no dejarme a ninguno a Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Valle Inclán, del que pude ver, en un bonito y nuevo teatro de Lavapies, una de sus obras hace menos de un año, representando uno de los papeles un buen amigo mío. También leí algo de Alfonso Sastre, Fernando Martín Iniesta, Miguel Mihura, José Martín Recuerda, Miguel Romero Esteso, Jerónimo López Mozo, José Luis Alonso de Santos con quien colabora Nieva, Antonio Martínez Ballesteros, José Sanchis Sinisterra... Muchas de las obras de estos genios las leí gracias a una pequeña biblioteca de la Caixa que había en la Calle Virgen de Nuria del Barrio de la Concepción y también gracias a otra que aún existe en la calle Quintana. Otras las fui comprando de baratillo en la Cuesta de Moyano. Sin olvidar el metateatro de Pirandello, y la última obra de teatro que me he leído con sumo placer, inmediatamente antes que “Catalina del demonio” ha sido “Retrato de dama con perrito” de Luis Riaza en la que el autor deshace la realidad de la existencia, es decir, la despoja de todo valor de realidad a través de un proceso de enajenación, de forma que muchas veces lo que lees parece más bien un interesantísimo tratado sobre el propio teatro que otra cosa.
“La vida está ahí para ser contada dice Umbral”, y para que nosotros nos la leamos de cabo a rabo. Y esta es y será siempre mi recomendación. Si pueden lean ustedes todo lo que les echen, y si quieren dar un pasito más, pónganse a escribir y verán.
El otro día, en el famoso café, decía Miguel Ángel de Rus que se sentía solo, que la tarea del escritor, entre otras, es enfrentarse a la soledad. Yo le diría, no se lo dije porque en aquel momento no se me ocurrió, pero se lo digo hoy desde aquí, que no hay porque asustarse en absoluto. Casi todos los grandes pensadores, han llegado a esa conclusión de una u otra manera. El drama del ser humano es precisamente ese: su infinita soledad. Solos en mitad del universo, flotando en el tiempo, sin saber lo que pasó, ni lo que vendrá. “Flotando en el tiempo”, una bonita frase. Pero lo que no saben todos estos pensadores, es que todo esto es mentira. De solos nada; están los libros. Miguel Angel, sigue escribiendo y escápate por ahí de nuestra realidad tan tangible y asfixiante y de paso haz el favor de regalarnos otra.
jueves, marzo 15, 2007

Francisco Legaz y Luis Alberto de cuenca, en la presentación en la casa del libro de Madrid del libro de miguel Angel de Rus "Donde no llegan los sueños", el día 15 de Marzo de 2007
ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 3 DE LA REVISTA "IRREVERENTES"
CASI DOS MIL AÑOS Y NI UN NUEVO DIOS
En uno de mis múltiples cursos intentando aprender el idioma inglés, me tocaron para traducir los diálogos de una bonita pieza literaria: La Tempestad de Shakespeare. En ella Gonzalo propone, al dirigirse a los malvados Antonio y Sebastián, la creación de una república ideal, y empieza diciendo que en ella las cosas iban a ser lo contrario de lo que son. Entonces me di cuenta de que las cosas ya son lo contrario de lo que son, pero estamos tan acostumbrados a verlas así, del revés, que nos parece que realmente están del derecho. Vivimos en un sueño del que algunos piensan que se despierta al morir. Antonio propone que en la república ideal sólo habría holgazanes.. putas y bribones. Leyendo esto, y ahora incluso al escribirlo, me pregunto si Shakespeare, no hablaba de la realidad; ¿No es la vida misma un nido de putas holgazanes y bribones? Lo veré yo así por mi tendencia a verlo todo tan negativo; por mi pesimismo. No somos nada. Si acaso, como mucho, tendemos a algo. Tendencia al pesimismo, a ser cariñoso, a ser un estúpido, a estar tumbado (la tendencia a estar siempre tumbado se llama clinodinia; una maravillosa palabra, de la que procuro escapar haciendo auténticos esfuerzos). Pero, si es verdad que la vida es un sueño, y que al morir despertamos, entonces tiene razón el escritor de Tánger, Tahar Ben Jelloun, cuando dice en la primera frase del capítulo quinto de una de sus novelas (Sufrían por la luz): “Recordar es morir”.
El círculo se cierra. Al morir despiertas del sueño, pero al despertar vas y te mueres. Uffff que lío. De todas formas, esto de pensar en que al morir despiertas de un sueño, no es más que una vana ilusión del mortal deseo de pervivir. Voltaire lo dijo muy claramente: “Os he hecho nacer a todos débiles e ignorantes, para vegetar unos minutos en la tierra y abonarla con vuestros cadáveres”. Nos llamaba un poco imbéciles, y con razón. El imbécil es el fruto final de una larga cadena evolutiva que aún no se puede dar por finalizada, y lejos de extinguirse, los imbéciles, aún están en fase de expansión, reproduciéndose más eficazmente que los llamados inteligentes. De hecho, todo el esfuerzo y el trabajo de los laboriosos inteligentes, quienes realmente lo disfrutan son los imbéciles. Además la imbecilidad es altamente contagiosa y penetra en cualquier organismo, contaminándolo en todos sus tejidos y moléculas. El mero hecho de preguntarse si uno mismo es imbécil, es síntoma inequívoco de que ya estás contaminado. Y paracolmo, es fácil encontrarse con imbéciles inteligentísimos. Y todo esto teniendo en cuenta el que la vida es un sueño del que despertamos al morir, nunca antes. Por lo tanto debemos dar las gracias a esta increíble disposición de las cosas, que nos hace ser unos auténticos estúpidos profundos, en medio de una nebulosa onírica de la que despertamos para dejar inmediatamente de existir.
Me escriben desde muchos lugares gracias al último descubrimiento humano. Internet. Se trata de algo inmaterial, que no está en ningún sitio concreto. La red parece que no se puede ni tocar, pero sin embargo estoy seguro de que es el mejor invento de los últimos que nos podemos atribuir los humanos, y no es que existan muchos inventos que sean buenos realmente. El trabajo es otro invento moderno, pero de los malos. Nuestros antepasados, los llamados cazadores recolectores, eran seres oportunistas, que recogían los frutos que, de forma natural, estaban a su alcance, y de vez en cuando cazaban algo y nada más. A todo esto no dedicaban más de dos o tres horas al día. Y uno se pregunta desde la ignorancia, que es desde donde nace el conocimiento, ¿Qué hacían el resto del tiempo? ¿A qué dedicaban el tiempo libre? Pues en Atapuerca, o en Altamira, está la respuesta. Lo dedicaban a fabular, a soñar, a imaginar. Si observamos las pinturas rupestres de cualquiera de los yacimientos, casi todas datadas alrededor de la explosión cultural del neolítico, enseguida nos podemos dar cuenta de que el hombre, entre todas sus herramientas, poseía un instrumento increíble, y no sabía que hacer con él. El hombre se encontró con que tenía un cerebro capaz de imaginar. Ahora nos empezamos a dar cuenta de que el cerebro nos está grande, en el sentido de que es un órgano capaz de imaginar cosas, que físicamente nos son imposibles de alcanzar. Por eso la literatura es una fuente de placer increíble. La literatura es capaz de llenar en parte esa laguna que tenemos; ese desajuste. El cerebro nos está grande; la literatura puede ayudarnos a soportarlo.
El trabajo es un invento reciente y nefasto, que además nos ha metido de cabeza en una espiral que terminará mal sin duda. Tomás Moro en su “Utopía”, hablaba de una jornada laboral de seis horas. Campanella, en “La ciudad del sol” apuesta por la máxima reducción de la jornada de trabajo, y en otro curioso tratado del siglo XIX llamado “El derecho a la pereza” (como me gusta el título), Lafargue pretendía que ninguna jornada laboral excediera de las tres horas. De todas estas ideas han pasado ya muchos años, y hoy todos sabemos que para tener más dinero, hay que trabajar más horas, y encima también sabemos, que por más horas que trabajemos, nunca seremos ricos; hablamos desde el punto de vista de la honradez claro. El dinero, la riqueza, la acumulación de objetos, de bienes de consumo, de tierras, de alimentos, de propiedades, acabará con nosotros, y de paso acabará también con el planeta, tal y como lo conocemos hoy en día.. Por todo esto no me extraña que la religión haya triunfado en estos últimos 20 siglos como lo ha hecho. Los hombres de la edad antigua, de la edad media, los que no tenían otro remedio por su pobreza, y los que lo tenían todo por el interés de preservarlo, no tenían otra salida que lo sobrenatural, que como su nombre indica, está por encima de lo natural. Pero las tesis de las religiones, de la cristiana por ejemplo, son incompatibles, epistemológicamente hablando, con la ciencia moderna, y nuestra cultura, la actual, ha optado por el método empírico - científico en el que toda verdad lo es, porque al mismo tiempo puede ser falsa, es decir, el concepto de verdad es por definición contingente. Y probablemente sea por todo esto, por lo que la religión hoy en día, toca a la gente un poco de refilón, y ya no es que seamos o no seamos ateos, sino que las cuestiones religiosas a la mayoría de las personas nos importan poco para nuestras vidas cotidianas.
La religión y sobre todo el trabajo, la política incluso, son cosas de tan dudosa continuidad que cualquiera, a la vista de todas estas circunstancias, puede pensar o adivinar que tienen los días contados. Y cuando todas estas tormentas pasen, y volvamos a acercarnos a la idea de los cazadores recolectores, idea que resultó tan eficaz, puesto que duró cientos de miles de años sin apenas alteraciones, nos volveremos a encontrar de nuevo con nuestro problema fundamental; con nuestro cerebro, que seguirá siendo el mismo capaz de pensar, de razonar más o menos bien, pero sobre todo capaz de imaginar. Y entonces, en los ratos libres, que serán muchos, buscaremos una pared para dibujar en ella nuestro sueño; cualquier sueño.
Miren, no es que me quiera poner pesado, pero yo creo que nadie me podrá quitar la razón. La única actividad humana, de todas las que nos traemos entre manos actualmente, que merece la pena conservar, que ha perdurado, que perdura y perdurará, no es otra que la literatura. Y si no díganme en que otro espejo podemos mirarnos. Me da igual el que los cenizos pesimistas, le auguren al libro poco futuro; será para ellos. Nosotros, desde esta editorial “Irreverente”, estamos convencidos de que pase lo que pase, nuestra pobre herramienta, el cerebro humano triunfará, y por eso vamos a seguir leyendo y escribiendo. Las paredes de nuestras cuevas, ahora se llaman libros.
sábado, enero 27, 2007
ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 2 DE IRREVERENTES

El autor con el académico Francisco Nieva en la presentación de su obra "Catalina del Demonio"
EL SUEÑO REVELA LA REALIDAD
Lo bueno de la literatura es su absoluta interactividad. No sólo contamos con lo que el autor nos quiso decir, sino que además, y por el mismo precio, tenemos todo aquello que se encuentra alojado y se despierta de pronto en nuestra imaginación, al otro lado de nuestros ojos. En la maravillosa novela de Joseph Mitchell, “El secreto de Joe Gould”, la magia de la literatura en este sentido se despliega, y la tensión narrativa, el “no poderlo dejar”, nos invade totalmente. Pero en realidad es nuestra imaginación la que trabaja, ya que el secreto de Joe, no se aclara casi hasta el final, y uno, según avanzan las páginas, lo va imaginando poco a poco; lo va construyendo, en un increíble alarde mágico del autor. Un lector desde la isla de la Palma, me ha mandado un correo, en el que me comenta que hay una canción de The Beatles, del primer disco, compuesta porJohn Lennon que se titula "There's A Place" (Existe Un Sitio): "There's a place, where I can go, when I feel low, when I feel blue, and it's my mind, and there's no time, when I'm alone" (Existe un sitio donde puedo acudir cuando me siento bajo de ánimo o triste, Y ES MI IMAGINACIÓN; y no hay tiempo, cuando estoy solo...." La canción ya la he escuchado, y es muy agradable, pero es que además su mensaje tiene toda la razón. Entonces la literatura, sería, como ocurre con esta novela de Mitchell, una especie de mapa o guía que nos dirige hacia ese lugar, y nos dirige allí siempre, dando igual el punto de partida. También muchas veces la literatura nos abre una puerta que casi siempre está cerrada, la puerta de la esperanza. El término con el cual mejor ha designado la humanidad la línea de su esperanza genérica tiene desde Tomás Moro este nombre: “UTOPÍA”, y navegando entre relatos, la pulsión que a todos nos lanza hacia el futuro, hacia el anhelo, muchas veces se ve satisfecha plenamente. Hay una esperanza, y no me extraña que Marx canonizara a Prometeo como el primer santo del nuevo calendario.
Otro lector, experto en cuestiones de aduanas, a raíz de mi anterior artículo en el que escribí sobre el asunto de la mercadería en la literatura, me ha dicho que lo único que no paga aranceles de ninguna clase a su paso por los puestos fronterizos son los cadáveres. Lo primero que pensé al escucharle es que, a pesar de mi afición por el ahorro y la economía, afición forzosa debida a mi precariedad económica, no me gustaría en absoluto ahorrarme ese arancel en concreto. Es más, me gustaría, contrariamente, pagarlo las veces que fuesen necesarias, tantas como las que cruzase mil y una fronteras, de las que por cierto el mundo está ridículamente lleno, y no nos traen más que problemas a parte de los arancelarios. De todas formas, me gustaría aclarar a los desorientados que lo mejor que uno puede hacer, una vez que ha llegado a este mundo, es salir de él. No hay otra alternativa, aunque la vida a veces parece un laberinto sin salida. La muerte, como dijo Bloch, es la auténtica “no utopía”.
También desde las islas canarias, una lectora me escribe, para decirme que el comentario de mi artículo anterior sobre la compra de literatura antes de que sea escrita, le ha recordado el Mercado de Futuros y Opciones en el mundo financiero. Yo, intentando contestar a esta lectora, me voy a la música otra vez y digo: “No es lo mismo” como dice Alejandro Sanz en una de sus canciones. Espero no tener que abonar ningún arancel por la cita de frases de canciones de otros. Dejémoslo como que es cantar.
Yo en mi inocencia, veo que será difícil que por pensar, por imaginar, por soñar despierto o dormido, o elucubrar, nos lleguen a cobrar algún día. Aunque, como dicen los Holandeses, no se trata de saber si el mar subirá de nivel y les inundará o no, sino que lo importante es averiguar cuando lo hará.
En las novelas se utiliza mucho una técnica por la que se hace que el protagonista sueña, imagina o habla consigo mismo en silencio y se responde, o busca respuesta a sus dudas vitales, como si hablase para sus adentros sin mover los labios. Algunos a esto lo han llamado introspección. Alguna vez, en mi trabajo, me han sorprendido haciendo introspección, y como han pensado que estaba durmiendo, me han amenazado con la miseria y el hambre a fin de mes. Por lo tanto, como no puedo dejar de practicar la introspección a cualquier hora, en cualquier momento del día, ya que tengo ese vicio, siempre procuro que no se me note mucho. A lo sumo me toleran o me permito un cierto aire suave y constante de perturbado que incluso en ciertos contextos queda hasta bien. La introspección en literatura ha dado mucho juego y son maestros en el asunto, algunos autores irlandeses famosos como Samuel Beckett o James Joyce, por poner ejemplos concretos.
Epistomológicamente la introspección sería un camino directo hacia la conciencia, por lo tanto la literatura tiene mucho de esto. Se distingue de la observación, porque esta se dirige hacia los objetos o las cuestiones que son públicas, que pueden ser observadas por cualquiera que se digne a mirarlas. La introspección se dirige hacia un lugar totalmente privado, al que nadie salvo nosotros mismos, tiene acceso. Kafka lo tenía muy claro; tanto, que llegó a afirmar que el sueño, que es el colmo de la mirada hacia dentro de uno mismo, capta plenamente la realidad. Pero el problema es que si el sueño capta plenamente la realidad, ¿qué pasa con la otra realidad, con el otro plano de la realidad con el que convivimos a diario los pobrecitos mortales? Por culpa de esta pregunta, Kafka se fue alejando poco a poco del mundo tangible, y así, bien temprano, el 16 de enero de 1922, con tan sólo 39 años escribía de su puño y letra que ya no podía soportar la vida, y que la voluntaria soledad le estaba matando; le estaba volviendo loco. Se consideraba habitante de “ese otro mundo”, del mundo de los sueños. Los tres ejemplos máximos de lo que puede ser la claridad transparente de un sueño en estado puro, son sus tres novelas “El proceso, El castillo, y la Muralla China.
Pero no hace falta ir tan lejos con Kafka de compañero de viaje, aunque sea realmente muy recomendable. A veces en cualquier librito de poesía de cualquier desconocido, te puedes encontrar con frases como “la luz de la luna mojó tus pestañas cuando se entornaron jurándome amor”. Esto no es introspección, es pura observación de una pura realidad, pero, eso si, contado con especial maestría. Por lo tanto tenemos la imaginación como observación de lo no real, de lo que no es, frente al objeto, al puro objeto observable y susceptible de ser descrito, percibido, palpado. Los diccionarios ofrecen definiciones de objeto diversas, pero todas apuntan a los mismo: “lo que se ofrece a la vista”. “Lo que es pensado”, frente al sujeto que se supone que es el que piensa, y lo que dicen la mayoría de ellos: “el objeto es alguna cosa”, pero la magia también ocurre a este nivel tan poco abstracto. La imaginación es un problema que tenemos los humanos, ya que no podemos desembarazarnos nunca de ella, y así los objetos tienen una doble vida. Por un lado está la material, la formal, pero por el otro está la simbólica, la semiótica. Y aquí los objetos se convierten en polisémicos, cargados de múltiples significados que transmiten informaciones diversas fuera del alcance de su pura forma, tamaño o de su olor o sabor. Incluso hay objetos que son puro símbolo, como sería la cruz.
El hombre es un animal inserto en tramas de significación que hereda y teje el mismo. Por lo tanto el gran problema para estudiar el mundo material es la evidencia, que muchas veces no nos deja ver más allá de las cosas. La literatura se encarga de solucionar este conflicto, mostrándonos siempre el camino para saltarnos la realidad, la evidencia, trasladándonos a otro plano, a otra dimensión.
Quiero ahora recordar al gran maestro Borges que dedica precisamente un poema a “Las cosas”: Cuantas cosas /Limas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas / durarán más allá de nuestro olvido: / No sabrán nunca que nos hemos ido.
Y para finalizar, quiero recomendar un libro de un escritor español, en el que podemos navegar a toda vela por la introspección. Se trata de “Mortal y rosa” de Francisco Umbral. Y quiero traer a nuestra revista “Irreverentes”, los versos de Pedro Salinas, en los que Umbral se inspiró para el título de su obra.: Y un afanoso sueño / de sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito.
Da que pensar.
EL SUEÑO REVELA LA REALIDAD
Lo bueno de la literatura es su absoluta interactividad. No sólo contamos con lo que el autor nos quiso decir, sino que además, y por el mismo precio, tenemos todo aquello que se encuentra alojado y se despierta de pronto en nuestra imaginación, al otro lado de nuestros ojos. En la maravillosa novela de Joseph Mitchell, “El secreto de Joe Gould”, la magia de la literatura en este sentido se despliega, y la tensión narrativa, el “no poderlo dejar”, nos invade totalmente. Pero en realidad es nuestra imaginación la que trabaja, ya que el secreto de Joe, no se aclara casi hasta el final, y uno, según avanzan las páginas, lo va imaginando poco a poco; lo va construyendo, en un increíble alarde mágico del autor. Un lector desde la isla de la Palma, me ha mandado un correo, en el que me comenta que hay una canción de The Beatles, del primer disco, compuesta porJohn Lennon que se titula "There's A Place" (Existe Un Sitio): "There's a place, where I can go, when I feel low, when I feel blue, and it's my mind, and there's no time, when I'm alone" (Existe un sitio donde puedo acudir cuando me siento bajo de ánimo o triste, Y ES MI IMAGINACIÓN; y no hay tiempo, cuando estoy solo...." La canción ya la he escuchado, y es muy agradable, pero es que además su mensaje tiene toda la razón. Entonces la literatura, sería, como ocurre con esta novela de Mitchell, una especie de mapa o guía que nos dirige hacia ese lugar, y nos dirige allí siempre, dando igual el punto de partida. También muchas veces la literatura nos abre una puerta que casi siempre está cerrada, la puerta de la esperanza. El término con el cual mejor ha designado la humanidad la línea de su esperanza genérica tiene desde Tomás Moro este nombre: “UTOPÍA”, y navegando entre relatos, la pulsión que a todos nos lanza hacia el futuro, hacia el anhelo, muchas veces se ve satisfecha plenamente. Hay una esperanza, y no me extraña que Marx canonizara a Prometeo como el primer santo del nuevo calendario.
Otro lector, experto en cuestiones de aduanas, a raíz de mi anterior artículo en el que escribí sobre el asunto de la mercadería en la literatura, me ha dicho que lo único que no paga aranceles de ninguna clase a su paso por los puestos fronterizos son los cadáveres. Lo primero que pensé al escucharle es que, a pesar de mi afición por el ahorro y la economía, afición forzosa debida a mi precariedad económica, no me gustaría en absoluto ahorrarme ese arancel en concreto. Es más, me gustaría, contrariamente, pagarlo las veces que fuesen necesarias, tantas como las que cruzase mil y una fronteras, de las que por cierto el mundo está ridículamente lleno, y no nos traen más que problemas a parte de los arancelarios. De todas formas, me gustaría aclarar a los desorientados que lo mejor que uno puede hacer, una vez que ha llegado a este mundo, es salir de él. No hay otra alternativa, aunque la vida a veces parece un laberinto sin salida. La muerte, como dijo Bloch, es la auténtica “no utopía”.
También desde las islas canarias, una lectora me escribe, para decirme que el comentario de mi artículo anterior sobre la compra de literatura antes de que sea escrita, le ha recordado el Mercado de Futuros y Opciones en el mundo financiero. Yo, intentando contestar a esta lectora, me voy a la música otra vez y digo: “No es lo mismo” como dice Alejandro Sanz en una de sus canciones. Espero no tener que abonar ningún arancel por la cita de frases de canciones de otros. Dejémoslo como que es cantar.
Yo en mi inocencia, veo que será difícil que por pensar, por imaginar, por soñar despierto o dormido, o elucubrar, nos lleguen a cobrar algún día. Aunque, como dicen los Holandeses, no se trata de saber si el mar subirá de nivel y les inundará o no, sino que lo importante es averiguar cuando lo hará.
En las novelas se utiliza mucho una técnica por la que se hace que el protagonista sueña, imagina o habla consigo mismo en silencio y se responde, o busca respuesta a sus dudas vitales, como si hablase para sus adentros sin mover los labios. Algunos a esto lo han llamado introspección. Alguna vez, en mi trabajo, me han sorprendido haciendo introspección, y como han pensado que estaba durmiendo, me han amenazado con la miseria y el hambre a fin de mes. Por lo tanto, como no puedo dejar de practicar la introspección a cualquier hora, en cualquier momento del día, ya que tengo ese vicio, siempre procuro que no se me note mucho. A lo sumo me toleran o me permito un cierto aire suave y constante de perturbado que incluso en ciertos contextos queda hasta bien. La introspección en literatura ha dado mucho juego y son maestros en el asunto, algunos autores irlandeses famosos como Samuel Beckett o James Joyce, por poner ejemplos concretos.
Epistomológicamente la introspección sería un camino directo hacia la conciencia, por lo tanto la literatura tiene mucho de esto. Se distingue de la observación, porque esta se dirige hacia los objetos o las cuestiones que son públicas, que pueden ser observadas por cualquiera que se digne a mirarlas. La introspección se dirige hacia un lugar totalmente privado, al que nadie salvo nosotros mismos, tiene acceso. Kafka lo tenía muy claro; tanto, que llegó a afirmar que el sueño, que es el colmo de la mirada hacia dentro de uno mismo, capta plenamente la realidad. Pero el problema es que si el sueño capta plenamente la realidad, ¿qué pasa con la otra realidad, con el otro plano de la realidad con el que convivimos a diario los pobrecitos mortales? Por culpa de esta pregunta, Kafka se fue alejando poco a poco del mundo tangible, y así, bien temprano, el 16 de enero de 1922, con tan sólo 39 años escribía de su puño y letra que ya no podía soportar la vida, y que la voluntaria soledad le estaba matando; le estaba volviendo loco. Se consideraba habitante de “ese otro mundo”, del mundo de los sueños. Los tres ejemplos máximos de lo que puede ser la claridad transparente de un sueño en estado puro, son sus tres novelas “El proceso, El castillo, y la Muralla China.
Pero no hace falta ir tan lejos con Kafka de compañero de viaje, aunque sea realmente muy recomendable. A veces en cualquier librito de poesía de cualquier desconocido, te puedes encontrar con frases como “la luz de la luna mojó tus pestañas cuando se entornaron jurándome amor”. Esto no es introspección, es pura observación de una pura realidad, pero, eso si, contado con especial maestría. Por lo tanto tenemos la imaginación como observación de lo no real, de lo que no es, frente al objeto, al puro objeto observable y susceptible de ser descrito, percibido, palpado. Los diccionarios ofrecen definiciones de objeto diversas, pero todas apuntan a los mismo: “lo que se ofrece a la vista”. “Lo que es pensado”, frente al sujeto que se supone que es el que piensa, y lo que dicen la mayoría de ellos: “el objeto es alguna cosa”, pero la magia también ocurre a este nivel tan poco abstracto. La imaginación es un problema que tenemos los humanos, ya que no podemos desembarazarnos nunca de ella, y así los objetos tienen una doble vida. Por un lado está la material, la formal, pero por el otro está la simbólica, la semiótica. Y aquí los objetos se convierten en polisémicos, cargados de múltiples significados que transmiten informaciones diversas fuera del alcance de su pura forma, tamaño o de su olor o sabor. Incluso hay objetos que son puro símbolo, como sería la cruz.
El hombre es un animal inserto en tramas de significación que hereda y teje el mismo. Por lo tanto el gran problema para estudiar el mundo material es la evidencia, que muchas veces no nos deja ver más allá de las cosas. La literatura se encarga de solucionar este conflicto, mostrándonos siempre el camino para saltarnos la realidad, la evidencia, trasladándonos a otro plano, a otra dimensión.
Quiero ahora recordar al gran maestro Borges que dedica precisamente un poema a “Las cosas”: Cuantas cosas /Limas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas / durarán más allá de nuestro olvido: / No sabrán nunca que nos hemos ido.
Y para finalizar, quiero recomendar un libro de un escritor español, en el que podemos navegar a toda vela por la introspección. Se trata de “Mortal y rosa” de Francisco Umbral. Y quiero traer a nuestra revista “Irreverentes”, los versos de Pedro Salinas, en los que Umbral se inspiró para el título de su obra.: Y un afanoso sueño / de sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito.
Da que pensar.
viernes, enero 05, 2007
UN VIAJE HACIA EL ABISMO EN NUEVA YORK Y CHICAGO
martes, diciembre 05, 2006

Francisco Legaz Nieto, escritor, filósofo y Diplomado en enfermería es autor de nueve novelas, además de múltiples artículos y colaboraciones en diversos medios. Ha ganado varios premios con sus novelas, y con alguno de sus relatos breves.
"El horizonte está en la escalera" es una novela intimista, que navega a través de la compleja psicología de una mujer que permanece inmóvil en su cama a causa de una enfermedad incurable, pero cuyos sueños consiguen que vuele cada noche.
Novela publicada en 1.997 por la editorial Ópera Prima, tuvo muy buena aceptación de la crítica y del público, apareciendo 56 menciones a ella en la prensa durante los dos meses siguientes a su publicación.
ARTÍCULO DEL AUTOR APARECIDO EN EL NÚMERO 1 DE IRREVERENTES

LOS ESCRITORES SON COMO LOS NARANJOS
La política, el libre mercado, la globalización, la democracia; son estos algunos de los caracteres que están incluidos en la idea de lo que se ha dado en llamar cultura; nuestra cultura. Una cultura basada fundamentalmente en el dinero; el comercio.. Una cultura en la que cosas como el trabajo o la tierra, han pasado a ser mercancías al uso. Mercancías que nunca antes lo habían sido; incluso el dinero también lo es. También se compra y se vende el dinero. Recuerdo que cuando escuché esto por primera vez, tardé mucho tiempo en entenderlo. Ahora lo veo claro. El dinero tiene un precio que es el interés; así de simple. La literatura entra a formar parte de todo este mercado con su propia fuerza. La literatura también se compra y se vende; es otro valor de mercado, otra mercancía. Y así las editoriales, compran literatura o invierten en ella para venderla posteriormente, con la esperanza de obtener un beneficio; una plusvalía. Por lo tanto sería ideal el tener una editorial que produjera sus propias obras, maximizando así las ganancias, al prescindir de los autores o productores. Esto ya es un hecho; ya existe. Muchas editoriales compran con antelación, incluso antes de la propia creación y por encargo previo, las obras que van a vender posteriormente y aún de forma más eficaz tienen contratados a sus propios escritores que realizan las tareas propias de este oficio a precios fijos que no dependen de la valía de la obra o de su calidad intrínseca, ya que escriben atendiendo a la supuesta demanda social de este o de aquel tipo de texto, según van dictando los especialistas en marketing o ventas. Por lo tanto, las editoriales, se han convertido en máquinas productoras de cultura; auténticas factorías del saber. La producen, la empaquetan y la venden, creando y atendiendo las necesidades previamente diseñadas, que se ajustan a sus criterios de calidad. Me recuerda esto un poco a un curioso fraude detectado, según el cual, cierto laboratorio farmacéutico se inventó una enfermedad inexistente, difundiendo en los medios sus evidentes síntomas, y claro está, fabricaba y vendía el fármaco que, milagrosamente, curaba esa supuesta enfermedad. El laboratorio creaba la enfermedad, difundía los síntomas, producía los enfermos, comercializaba el fármaco milagroso, y a su vez los pacientes supuestos, eran consumidores ciegos del remedio para su mal. El círculo, como ocurre en las grandes editoriales, queda cerrado perfectamente. Una auténtica maravilla.
Debido a la manipulación de los precios en origen, por parte de las grandes empresas de la fruta de EEUU, las naranjas se pudren en los árboles mientras la gente se muere de hambre sin ni siquiera poder comerse la fruta podrida. Lo dijo John Steinbeck nada menos que en 1.939, en su apoteósico “Las uvas de la ira”. Cambiemos naranjas por novelas; el resultado es el mismo. Pero los naranjos, cada temporada, siguen dando sus frutos, sin importarles para nada, el precio que marque nadie. Los escritores seguimos escribiendo. Unos años damos frutos de más calidad, otros de menos, pero la fruta sigue ahí, esperando ser consumida; esperando su paladar correspondiente; a veces se pudre en el árbol. La cultura sigue su curso; es de suponer o se le supone. Aunque también la idea de cultura está sometida a todo esto. Si quieres poner nervioso a un antropólogo nómbrasela. No hay término más confuso que el de “cultura”. Sin embargo es una palabra que tiene penetración psicológica. Todo el mundo es capaz de entender lo que significa cultura. Tenemos nuestra cultura; pertenecemos a esta o a aquella cultura. La cultura se empezó a estudiar como concepto hace más de un siglo. Al principio se enfocó la atención en los pueblos antiguos, a los que se les suponía virginales en el sentido de que no habían tenido contacto con occidente o con la civilización; otro término parecido al de cultura. Pero pronto todos estos pueblos fueron desapareciendo, sobre todo desde que Europa decidió extender su mano para tomar sus riquezas. Fueron desapareciendo o bien literalmente como en muchos casos, o bien integrándose en la nueva “cultura” que pretendía colonizarlos, de forma que hoy, el objeto de todos aquellos estudios culturales antropológicos ha desaparecido. Así ocurre que hablar de cultura local o nacional, tiene cada vez menos sentido, ya que asistimos al proceso de la globalización, que parece que es lo contrario de lo que significa más o menos el de cultura. La globalización devora todo lo que encuentra a su paso. “Hubo un tiempo en que estábamos bien. Hubo un tiempo en que estábamos en la tierra y teníamos unos límites. Los viejos morían, y nacían los pequeños y éramos siempre una cosa”. También lo dice Seteinbeck en “Las uvas de la ira”, pero ese tiempo ya pasó… Borges, lo dice aún más claro. “le tocaron como a todos malos tiempos en los que vivir”. Será la condición humana que es así de depresiva y triste. Siempre, a todos, nos tocan malos tiempos.
Por todo esto, me gustaría intentar transmitir el valor de la literatura como auténtica medicina contra todos estos trastornos, como fuerza liberadora para la mente humana que necesita, porque es necesaria, una puerta por la que escapar; un lugar en donde sentirse relajado sin la presión constante de la propia vida; un lugar en donde el escándalo ruidoso de la realidad feroz e inhumana de crueles guerras, e interminables conflictos y ruinas y pobrezas abismales y antiguas no se escucha. Sentados frente a un libro, en silencio, solo escuchamos lo que el autor nos cuenta, y sobre todo, lo que nuestros sentimientos y nuestra imaginación quieren dictarnos. A través de la literatura el individual microcosmos se expande y se convierte en un macrocosmos inmenso, capaz de llegar a todos los rincones; a cualquier rincón por oscuro y siniestro que sea. El cerebro humano tiene un problema, y es que es capaz de imaginar muchísimas más cosas de las que en realidad puede llevar a cabo física o realmente. La literatura soluciona en parte este gran fallo en nuestro diseño, esta frustración, abriéndonos de par en par la puerta de la imaginación, dejando así que entre el aire fresco de otras realidades.
En la última escena de “las uvas de la ira” es muy fácil sentir un escalofrío. Un hombre se muere literalmente de hambre. Una mujer decide amamantarle en su pecho como si fuese un recién nacido. Son campesinos que, por la codicia de las grandes empresas, la crueldad del mercado y por otras muchas razones que se pueden incluir en el maravilloso principio del etcétera, se ven arrancados de la madre tierra que les alimentó durante muchas generaciones. Y expulsados de sus lugares de origen, buscan desesperados la tierra prometida sin encontrarla. Me gusta recordar la escena en la que un tractor de la nueva empresa propietaria de los terrenos, rompe con absoluto desprecio una esquina de la casa de los campesinos, con tal de no variar ni un milímetro la perfecta línea recta del surco de los nuevos cultivos de algodón. No hay propietarios. El conductor del tractor es otro asalariado muerto también de hambre. No hay sindicatos a los que pedir auxilio, no hay nadie a quien matar para vengarse, dice el campesino.
Terminar diciendo que no me importa que la apisonadora aplaste mi casa. La puerta de la casa de mi imaginación está permanentemente abierta, y por ella me escapo cuando quiero; cuando puedo.
Gracias de corazón a los que me abrieron los ojos a este mundo maravilloso.
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